MAS AL PRINCIPIO NO FUE ASÍ

Mateo 10:3-8, Génesis 2:18-25

Walter Runkel

Las palabras del evangelio de Mateo citadas mas arriba han sido pronunciadas por el Señor en una conversación con los fariseos sobre el tema del matrimonio y del divorcio. Deseamos meditarlo, asi como las citas de Génesis que el Señor les recuerda. Ellas son de mucha actualidad hoy en día.

« ¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa? » — tal era la pregunta que tenían estos hombres. A menudo, su motivo no era el recibir instrucción divina; su único motivo era tenderle una trampa al Señor Jesús. La ley había en efecto concedido la posibilidad de repudiar a su mujer bajo ciertas condiciones. El Señor les dice que Moisés lo había permitido a causa de la dureza de sus corazones — « Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue así. » (Mateo 19:8). Su trampa había sido desbaratada. El Señor conocía muy bien sus corazones y discernía sus intenciones.

Lo que nos sorprende aquí, es la falta de inteligencia de esos hombres. Conocían muy bien las Escrituras, pero no habían sido nunca tocados en sus conciencias. No habían comprendido que el matrimonio debía ser protegido por la ley, y que las ordenanzas de ella en relación a las relaciones humanas no constituían lo que se podría llamar una exigencia infantil. Asi, el sentido profundo y elevado del matrimonio quedaba escondido. Si los fariseos hubieran reconocido al Señor como el Hijo de Dios, habrían comprendido rápidamente que Aquel que les hablaba estaba en condiciones de revelar y de explicar la plenitud de los pensamientos de Dios, Pero sus « entendimientos » permanecían « entenebrecidos ». Estaban « ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón » (Efesios 4:18).

Cuando se trata, en el Nuevo Testamento, de los asuntos del dominio de la creación y de la vida natural del hombre, el Espíritu Santo se remonta a menudo al origen o al principio, al momento donde Dios ha establecido las cosas en un orden que corresponde a su pensamiento. Es lo que el Señor hace en esta conversación con los fariseos. Habla de aquello que nos es narrado en Génesis 2 sobre el tema de la institución del matrimonio, desde que Dios creo al hombre y a la mujer. En este capítulo, encontramos tres puntos o tres principios que, en su explicación práctica, pueden servir de hilo conductor:

1º lo que Dios se propuso (v.18);

2º lo que Dios hizo (v.22);

3º lo que Dios ha ordenado (v.24).

 

Lo que Dios se propuso (Gen. 2:18)

Dios había dado a Adán el orden de cultivar y de guardar el jardín del Edén. El hombre también recibió la tarea de dar nombres a los animales. Sin embargo estaba solitario. Luego Dios, por así decir, nos entreabre su corazón: « No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él ». Estas palabras revelan algo de sus deseos: Cristo y la Iglesia debían un día formar una maravillosa unidad de la cual el matrimonio es una imagen. ¡Que Dios más maravilloso!

Hace participar al hombre de sus deseos.

El hecho de que Dios tome conocimiento de la solicitud del hombre habla a nuestros corazones. Ha visto a Adán que tenía a su alrededor solo animales; no tenía ninguna criatura con la cual pudiera entablar una relación interior. Nadie como Dios conoce las necesidades profundas del hombre. Es lo que ha formado: espíritu, alma y cuerpo. Nuestro Salvador también, que ha venido como un celeste extranjero en un mundo de pecad, ha conocido sobre esta tierra lo que significa la preocupación. ¿No ha debido, poco antes de su muerte, decir con tristeza a sus discípulos « me dejaréis solo »? (Juan 16:32).

Pero hay consolación saber que está en condiciones de simpatizar con los que, entre los suyos, son solitarios. En los deseos de Dios, el matrimonio era algo normal, y el celibato la excepción. A causa de las trágicas consecuencias del pecado que entró en la creación, el designio de Dios de dar al hombre la felicidad en el matrimonio ya no fue realizada de la manera que se lo había propuesto. Y podemos también preguntarnos si aun nos hallamos en situación de simpatizar con los que deben sufrir de soledad; si somos aun capaces, al menos en alguna medida, de sufrir con ellos.

Sin embargo, si hablamos de los designios divinos en relación con el matrimonio, estamos muy concientes que personalmente para cada uno de nosotros, Dios tiene un propósito en cuanto a nuestra vida en la tierra. Y es de mucha importancia que no obstaculicemos este plan divino y sabio. En relación al matrimonio, esto significa: dejar escoger a Dios. Dios sabía exactamente lo que le faltaba a Adán para el cumplimiento de su tarea y para la realización de su felicidad. Sabía cual debía ser aquella que podía ser una ayuda para el. Y así, formó en su propósito, «la ayuda que le corresponde.» (Versión J.N.Darby), es decir que lo complete. Estamos muy convencidos que aun hoy en día, Dios sabe lo que nos corresponde — quien conviene a quien. De allí la absoluta necesidad, si contemplamos el matrimonio, de buscar ante Dios consejo y dirección.

Cuando el siervo de Abraham debió buscar esposa para Isaac, preguntó a Dios que le mostrara cual era la mujer que hacia destinado para el hijo de su amo. (Génesis 24:14). Se nos dice que Ruth, la moabita, entró «fortuitamente» en el campo de Booz (Ruth 2,3). Pero no fue un azar en el sentido corriente del término; manifestadamente fue Dios que la dirigió hasta allí, es lo que El había provisto para ella. Allí ella aprendió a conocer a aquel que debería ser su esposo, Booz. En nuestros dias, muchos de nuestros jóvenes y señoritas aprenden a conocerse en las conferencias bíblicas, o cuando visitan las asambleas, o de cualquier otro modo que pareciera fortuito, pero del cual Dios se sirve para dirigir a los suyos. ¡Que vuestro corazón, queridos jóvenes de Dios, repose en su amor y se confíe pacientemente en Él! Hay un camino para cada uno de los suyos; todos los medios están en su mano; su deseo es vuestra bendición. Andad en su luz.

 

Lo que Dios ha hecho (Génesis 2:22)

Lo que Dios ha hecho, es lo que puede y desea hacer aún hoy. Después de haber creado a la mujer que destinó para Adán, después de haberla formado de la manera más sorprendente y más maravillosa. Dios « la trajo » al hombre. Dios que ha llamado a los mundos a su existencia, el Dios todopoderoso, no ha vacilado en conducir personalmente hacia Adán a su futura compañera. Es como si el deseara tomar parte en el gozo que iba a experimentar Adán cuando viera a su mujer por primera vez y la recibiera como un don de su mano. Innombrables creyentes han hecho la experiencia y pueden declarar con felicidad: Dios me ha traído a la mujer o el marido que me convenía. « Tres cosas me son maravillosas para mi;  y la cuarta no la puedo conocer:  El camino del águila en los cielos; El camino de la culebra sobre la peña; El camino de la nave en medio del mar; Y el camino del hombre hacia la doncella  » (Proverbios 30: 18-19 Versión J.N.Darby)

 

Lo que Dios ha ordenado (Génesis 2:24)

Tenemos aquí la « ley fundamental » del matrimonio, valido para todos los tiempos, muy particularmente para la época cristiana. Está para la bendición y la felicidad de los esposos, para un matrimonio harmonioso. Es preciso no transgredirlo. Desgraciadamente aquellos que lo hacen deberán hacer la trágica experiencia de que la desobediencia a Dios conduce a la desgracia. Por el contrario, aquellos que se atienen a la regla divina harán la experiencia de que Dios recompensa y bendice a aquellos que le obedecen.

En el versículo 24 de Génesis 2, encontramos también un orden de prioridad temporal. En primer lugar, el joven debe dejar a su padre y a su madre. Esto con la intención de fundar una familia, de amar a su mujer, darle honra, alimentarla y amarla. (Efesios 5:28-29): 1ª Pedro 3:7) Esto implica que se ha liberado de la esfera de la obediencia en la casa paterna y que, por consecuencia, los padres deben dejar ir a su hijo — es un punto importante que señalar. Y después, el «se unirá a su mujer». La unión aquí descrita es todo un proceso. Es el descubrimiento del otro en los afectos y la estima; es el conocimiento mutuo de las características y cualidades de los futuros esposos. En fin — solamente entonces — todo es coronado y cuando los dos llegan a ser «una sola carne» en el matrimonio, esta relación que significa la armonía mas profunda en cuanto al espíritu, el alma y el cuerpo.

Quien abra los ojos hoy en día sobre lo que pasa alrededor de el constatará con temor que el hombre ha desviado completamente estos principios divinos. Si trastornada sea esta evolución en los países que tienen un pasado oficialmente cristiano — ella esta predicha en la palabra de Dios y no debería sorprendernos.

 

 

Los matrimonios en el Antiguo Testamento — ¿modelos?

En la historia del pueblo de Israel, encontramos a menudo graves desviaciones del pensamiento de Dios con relación al matrimonio, y esto sucede también en los creyentes. Dios lo ha tolerado, pero ciertamente jamás lo ha aprobado. Asi, los matrimonios que encontramos en el Antiguo Testamento no son siempre un ejemplo para nosotros. Muchos de ellos están lejos de los mandamientos divinos originales. El pecado que ha entrado en el mundo ha penetrado y alterado todas las relaciones naturales de la creación, y comprende también el terreno del matrimonio. Muchos matrimonios están fuertemente marcados por los usos y costumbres de la época, como se ve por el ejemplo en la historia de Rebeca o de Ruth.

Estaba reservado para una época futura el discernir toda la sabiduría de Dios contenida en esta institución. La revelación de esta sabiduría ha comenzado cuando el Señor Jesús mismo, en su enseñanza, ha vuelto a colocar al matrimonio a su lugar original. Como cristianos, somos llamados a ennoblecer nuevamente esta institución, recordándonos que Dios seseaba ver algo que refleje la unión de Cristo con su esposa. Esto nos es revelado en la epístola a los Efesios, o en el pasaje de Génesis 2 donde es aplicado directamente en la relación de Cristo con la Asamblea.

 

Una triste decadencia

En relación con la desviación de los principios divinos, deseamos citar para nuestra instrucción y nuestra advertencia, el ejemplo de una familia del Antiguo Testamento, la cual, por espacio de cuatro generaciones, podemos observar una terrible decadencia con relación al matrimonio.

En la comunión con Dios, Abraham había escogido mucho del pensamiento divino con relación del matrimonio. Es por eso, cuando el encarga a su siervo de ir a buscar una esposa para su hijo Isaac, le ordena expresamente no tomar de ninguna manera una mujer entre las cananeas. El siervo debe ir a buscar en la parentela de Abraham, allí donde se tenía un conocimiento del verdadero Dios. En otros términos, la esposa debía pertenecer «a la familia de la fe». Además, el patriarca tiene confianza de que «el Dios de los cielos» conducirá a su siervo para encontrar a la mujer que El ha destinado para su hijo. Abraham tiene que estar absolutamente de acuerdo con Dios y dejarle a El escoger. Desea — por emplear el lenguaje del Nuevo Testamento — solamente un matrimonio «en el Señor».

En el caso de su hijo Isaac , notamos ya un debilitamiento. No tiene las convicciones y la energía de su padre. Esaú, el hijo primogénito de Isaac, toma dos mujeres pertenecientes al pueblo de los Heteos. Ellas son « y fueron amargura de espíritu para Isaac y para Rebeca » (Génesis 26:35), pero no vemos que el padre haya censurado a su hijo por estos matrimonios o que se hubiera opuesto — lo que Abraham ciertamente habría hecho. Este último faltaba en no mandar a sus hijos para que guardaran los caminos de Jehová (Génesis 18:19) En cuanto al matrimonio de Jacob , el segundo hijo de Isaac, la Escritura no narra tristes cosas. Si, en primer lugar, enseguida le muestra a sus padres el deseo de ir a buscar una mujer a Padam-Aram, el lugar de habitación de su tío, y se une finalmente a cuatro mujeres y muestra en esto que en toda su conducta ha olvidado las instrucciones de su abuelo Abraham.

Después, en la cuarta generación, vemos no solamente la desviación o un olvido, sino un rechazo total de los principios divinos. Juda , uno de los hijos e Jacob, se casa con una hija de un Cananeo. Mas tarde, muestra un comportamiento abominable en una unión con su nuera (Génesis 38:12-23)

¿Estas narraciones de Génesis no nos dan una imagen de lo que se llega en la profesión cristiana tal como la vemos hoy en día? ¿No ha sido lo mismo, en todos los aspectos, en la historia de la Iglesia como testimonio de la verdad de Dios? Al comienzo la fidelidad , después la desviación , enseguida el olvido , y finalmente el rechazo total de los mandamientos de Dios. ¡Que Dios nos ayude a ser realmente «la sal de la tierra» y « la luz del mundo»! Concretamente, esto significa que es necesario que nosotros nademos en contra de la corriente.

  

La palabra de Dios — una luz en mi camino

Consideremos aun la enseñanza de la Escritura sobre algunos puntos particulares.

¿Debemos casarnos? Esta pregunta preocupaba también a los discípulos (Mateo 19: 10-12) En su respuesta, el Señor presenta la renuncia al matrimonio para servir a Cristo — « por causa del reino de los cielos » — como una excepción. Pablo confirma este principio e indica que una gracia particular es necesario para esto (1ª Corintios 7:7) El propósito de Dios desde la creación del hombre era: « No es bueno que el hombre esté solo ».

¡Si uno considera casarse, que sea con esta condición: « con tal que sea en el Señor »!  (1ª Corintios 7:39)— ¡es decir que esta unión pueda encontrar la aprobación del Señor en todos sus aspectos! Esto implica también que se esté de acuerdo con los padres, cuando son creyentes. Tengamos el deseo profundo de dejarle la elección a Dios y llevémosle nuestros ejercicios en la oración, con fe y perseverancia. El afecto es una condición fundamental, pero no debe ser solo el móvil. Además, el atractivo por la belleza exterior no es equivalente al afecto. Observemos el orden tal de sucesión que es dado en Génesis 2: 24. No temamos, si es necesario y posible, de pedir consejo a un hermano o a una hermana experimentada.

Estemos atentos en algo que es completamente ignorado en el mundo hoy en día. Según la enseñanza de la Escritura, el matrimonio es un acto público; debe ser tratado en consecuencia y atestiguado por una instancia oficial. En los tiempos del Antiguo Testamento, esto era hecho por los ancianos de la ciudad —aquellos que estaban sentados «a la puerta» (Ruth 4:11) — y hoy en día es efectuado por el oficial del estado civil.

El profeta Malaquías, en los «tiempos del fin » del Antiguo Testamento, denuncia públicamente las prácticas del pueblo que menospreciaban los mandamientos de Dios en relación al matrimonio y a la familia. Muchos habían abandonado o repudiado a sus mujeres y Dios había visto las lágrimas de ellas. El profeta reprende severamente su infidelidad: «has actuado pérfidamente » hacia «la mujer de tu alianza » (Versión J.N.Darby) « Porque Jehová ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto » (Malaquías 2:14). Las expresiones empleadas evocan una alianza solemne. En nuestro «tiempo del fin », las cosas han ido tan lejos que uno puede sorprenderse de la paciencia de Dios. Por mucho tiempo, aun se calla.

¡Que el Señor nos conceda discernir el valor que el mismo le ha conferido al matrimonio y actuar en consecuencia! Esto será para nuestra bendición y para aquellos que nos rodean. Y si tuviéramos, en pensamiento o en hechos alguna desviación de su voluntad, tal como nos la dado a conocer volvámonos entonces a lo que era «al principio».

Que nuestros matrimonios pueden ser sólo una imagen débil se cumplirá pronto sobre un plano infinitamente más elevado. Las bodas del Codero nos introducirán por la eternidad en la bienaventurada e indisoluble unión con «nuestro Esposo». Dios lo pensaba ya cuando pronunció esta palabra significativa: « No es bueno que el hombre esté solo ».

 

 

Traducido de “El Mensajero Evangélico” año 2004