Decentemente y Con Orden

Anonymous

«QUE TODAS LAS COSAS SEAN HECHAS DECENTEMENTE Y CON ORDEN» (1ª Corintios XIV: 40)

Con el fin de responder a un deseo expresado por muchas personas, quiero intentar, con la ayuda de la Palabra de Dios, poner en claro algunos puntos que conciernen a la vida colectiva de los creyentes y que parecen estar oscuros para muchos de los queridos hijos de Dios. En primer lugar, desearía recalcar que no debemos esperar a encontrar en la Palabra las instrucciones especiales para cada uno de los casos innombrables que puedan encontrarse en la vida cristiana en general o en la vida colectiva en particular. Sin embargo, la Palabra nos da, en todas nuestras circunstancias, las directrices divinas, y el Espíritu Santo, que permanece en todo creyente como también en la Asamblea de Dios, impondrá, en todo lugar donde encuentre un deseo sincero de someterse a su acción, una conducta conforme a esas directrices. Un hijo que obedece, que conoce el pensamiento de sus padres, no dudará en cuanto a la manera de comportarse conforme a la voluntad de ellos, igualmente en los numerosos casos por los cuales sus padres no le han dado una advertencia especial.

Una palabra ahora sobre lo que representa la Asamblea o Iglesia en el pensamiento de Dios. En estos tiempos de ruina y de confusión general, no sabremos recordar muy a menudo las verdades fundamentales del cristianismo que permanecen inmutables, que alrededor de nosotros parece vacilar y derrumbarse.

Según Efesios 1:23, Colosenses 1:18-24 y otros pasajes, la Asamblea (la Iglesia) es el Cuerpo de Cristo, y Él mismo es la Cabeza de ese cuerpo. También ella es la casa de Dios, la Asamblea del Dios vivo, llamada a ser la columna y baluarte de la verdad (1ª Timoteo 3:15). Según Efesios 4:7-16, es de Cristo, la Cabeza, que proviene todo lo que es necesario para la constitución, edificación y para el mantenimiento de su cuerpo. Para este efecto, Él ha asignado un servicio especial a cada miembro, de manera que todo el cuerpo, bien ajustado y unido juntamente, crece y se edifica a si mismo en amor.

La división de los cristianos en sectas y partidos es la obra del enemigo y es necesario remontarse hasta los tiempos apostólicos para encontrar el comienzo de este mal. El Señor ha permitido que el enemigo realice sus planes de destrucción desde el principio, con el fin de poder oponérsele por medio de Sus apóstoles con un testimonio claro y valido para todos los tiempos. El apóstol Pablo trata este tema en 1ª Corintios 1:10-13 y en el capítulo 3 de la misma epístola, de una manera perentoria y tan explícita, que los creyentes que reconocían verdaderamente la Palabra escrita como su sola regla de conducta (la cual están obligados a seguirla, a pesar de las tradiciones humanas) tales creyentes, lo digo, no pueden dudar: su lugar, según Dios, no en una secta cristiana, aunque fuese la mas antigua, la mas considerada y la mejor defendida. Encontrarán este lugar solamente donde los creyentes, fuera de todas las sectas, se reúnen simplemente como miembros del cuerpo de Cristo, en el nombre de Jesús, reconociendo a todos los creyentes sobre la faz de la tierra como miembros de ese cuerpo y, como única autoridad entre ellos, la dirección del Espíritu Santo.

Por la gracia de Dios, un gran número de cristianos han tomado, en nuestros días, este lugar conforme a la Escritura, realizando así el carácter de la Asamblea de Dios, aunque sea ella débil e imperfecta. Es importante para ellos actuar en toda circunstancia conforme a ese carácter, y ante todo, permanecer sobrios y vigilantes, humildes y pequeños a sus propios ojos; porque si no Dios quitará su lámpara. Inmediatamente cuando ellos comienzan a enorgullecerse a si mismos y de su testimonio, a elevarse, llegan, como la experiencia lo ha demostrado dolorosamente, a ser un testimonio de su debilidad. En la localidad donde se reúnen alrededor de la mesa del Señor, deben representar — en la dependencia y bajo la dirección del Espíritu Santo— según las enseñanzas de la Palabra, la Asamblea de Dios en ese lugar, en otros términos, son llamados a seguir en su medio las instrucciones dadas por la Palabra a las asambleas locales. Todos los otros creyentes de esta localidad tienen su lugar a la mesa del Señor, porque, como miembros del cuerpo de Cristo, son también parte de la Asamblea de Dios en ese lugar. Es necesario velar cuidadosamente para que el enemigo no consiga debilitar o igualmente anular por completo el sentimiento de nuestra unidad con todos los creyentes, Si lo consiguiera, no sería sino el resultado de su desastrosa actividad, y aquellos que igualmente se han separado de sus sectas formarían en su entorno (por lo menos en cuanto a sus sentimientos) una nueva secta. No todos los creyentes han comprendido lo que la Palabra dice con respecto a la unidad de cuerpo y del lugar que ocupa cada miembro. Pero sin embargo, todos tienen la responsabilidad de «marchar como es digno de la vocación con que fuisteis llamados»  (Efesios 4:1).

Con el fin de evitar todo malentendido, repito que la Asamblea de Dios en un lugar está constituida por todos los creyentes de ese lugar, de manera que aquellos de entre ellos que, según la Escritura, han tomado lugar a la mesa del Señor, fuera de las sectas, no pueden ser llamados verdaderamente la Asamblea, porque no forman mas que una parte (a menudo una pequeña minoría). Sin embargo ellos representan la Asamblea de Dios en su localidad y deben ejercer la administración que de ellos depende, siguiendo la Palabra de Dios. Es importante recordar este tema, de que todos los que se reúnen en el nombre de Jesús en un lugar son responsables de la administración concerniente a la Asamblea y que esta responsabilidad no corresponde a un «comité» mas o menos grande.

A este respecto, es muy notable que el apóstol Pablo, así como lo vemos en 1ª Corintios V, 3-4, no ejerce su autoridad contra el fornicario sino que conjuntamente con la asamblea. De la misma manera, mas tarde, cuando la disciplina produce el efecto deseado, Pablo no lo hace volver por si mismo al pecador arrepentido en comunión, sino pide a la asamblea hacerlo (1ª Corintios 2:6-10).

En la mayoría de las epístolas del apóstol Pablo, salvo aquellas que han sido escritas a personas determinadas o a individuos (Timoteo, Tito, Flemón), están dirigidas a las asambleas y no a los miembros distinguidos (sobreveedores, ancianos, etc.). De todo esto, concluimos que solo una asamblea en su conjunto es llamada a arreglar sus asuntos según los pensamientos de Dios.

La asamblea local de Corinto era llamada, aunque tuvo tantos temas de censura, el templo de Dios y la habitación del Espíritu de Dios. Esto nos autoriza a ver a toda asamblea local en esta posición bendita. ¡El Señor en medio de ella, el Espíritu Santo como director!— ¡que privilegio, pero también que responsabilidad para cada asamblea! Cada uno de sus miembros debería sentir un santo interés en todos sus asuntos, pero también guardarse, con un santo temor, de ejercer en la asamblea una actividad autoritaria y voluntaria o de arrogarse una autoridad que solo el Señor posee o que Él ha transmitido a la Asamblea como tal.

Aunque examino a continuación algunos casos y preguntas que podrían surgir en las asambleas locales, sobre le tema de la vida colectiva de los creyentes, no tengo en nada el pensamiento de establecer una regla de conducta para el cristiano. Nuestra sola regla, así como lo hemos ya dicho en muchas ocasiones, es la Palabra de Dios.

Deseo simplemente responder a una necesidad que se manifiesta constantemente, tratando de estudiar, a la luz de la Palabra de Dios, los asuntos de la administración que se presentan mas frecuentemente. Puede ser que algunos lectores encontrarán ciertas cosas, evidentes, que podrían prescindir de comentarios; recordemos sin embargo que los grados de conocimientos son muy diversos, y que no hay solamente «padres» en Cristo, sino que también «jóvenes» e «hijitos». Además, aquí y allá, sobre todo en lo que concierne a los casos por los cuales la Palabra no da instrucciones especiales, se podrá considerar lo que digo como un opinión personal, que se está libre de aceptarla o no. No obstante, espero basarme en cada caso sobre las enseñanzas de la Palabra en cuanto a la Asamblea de Dios. Aunque las diferencias de opiniones puedan subsistir en algunos puntos secundarios, estaremos de acuerdo sobre todos los asuntos importantes, si además consideramos a la Palabra de Dios como nuestra única regla de conducta.

¡Que esta regla pueda ser siempre observada fielmente como siendo la única verdadera y válida, igualmente en los casos que no serán examinados aquí! Es estos días de ruina y confusión, a menudo puede parecer difícil que todas las cosas «se hagan decentemente y en orden»; pero el Señor vendrá siempre en ayuda a un corazón simple y a un espíritu recto. «Pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos»  (1ª Corintios 14:33).

 

1. — La persona del Señor es el centro de la reunión de los creyentes, y es en la Mesa el Señor que ellos expresan su unidad con el Jefe (La Cabeza) y ellos, esta es pues la unidad del Cuerpo. Ella nos recuerda ante todo el amor de Aquel que, siendo la Cabeza, se ha entregado a si mismo por su Cuerpo, es decir la Asamblea (Efesios 5:23-32), después ella nos recuerda también todas las verdades divinas concernientes a la Asamblea. Es por esto que uno puede considerar a la Mesa del Señor como el punto central para la administración de todos los asuntos de la asamblea.

La participación a la Mesa del Señor es, siguiendo su carácter mismo, el privilegio exclusivo de los miembros vivos del cuerpo de Cristo. Es casi superfluo añadir que ni el mal moral ni las malas doctrinas pueden ser admitidas en esta Mesa. Porque si la Palabra prohíbe a los creyentes tener trato alguno con los pecadores conocidos como tales (1ª Corintios V: 11) y con aquellos que tienen una mala doctrina¹ (Tito III: 10; 2ª Juan v.10), ciertamente no deben recibirlos a la Mesa del Señor, centro de la comunión cristiana. Deben probar a aquellos que le hacen la petición. En los día primitivos caracterizados por el poder y el frescor evangélicos, cuando el Señor agregaba cada día a la Asamblea, «a los que iban de ser salvos», no había allí un asunto de este examen. Cuando no hay una moneda falsa en circulación, no hay necesidad de verificar la autenticidad de las piezas.

¹ Debemos sobre todo considerar como «falsas doctrinas» a aquellos que no han conservado el pleno y divino valor de la persona de Cristo y de su obra expiatoria.

Esto es porque todos los miembros de una asamblea local son responsables de reunirse a la Mesa el Señor con aquellos que son verdaderamente miembros del Cuerpo de Cristo, que no escandalizan a nadie, que su marcha y su doctrina están conformes a la Palabra de Dios. Todos aquellos que deseen partir el pan deben llenar esas condiciones. A menudo — sobre todo en las grandes asambleas — todos no están en condiciones de verificar si tal es el caso o deben dejar ese cuidado a algunos hermanos. Pero estos últimos tienen el deber de comunicar a toda la asamblea el resultado de sus gestiones, si, en consecuencia, la admisión puede ser recomendada, porque, así como lo hemos dicho, todos los miembros son responsables de la decisión tomada. Sería inadmisible el hecho de que algunos hermanos o uno sólo, desee tomar una decisión por su propia iniciativa, sin referirlo a la asamblea; esto seria desconocer la existencia de la asamblea y apropiarse de los derechos del Señor presente en medio de ella.

Cuando los hermanos competentes han adquirido por si mismos la convicción que aquel que desea tomar su lugar a la Mesa del Señor posee las cualidades requeridas, es necesario proponer su administración a la asamblea, cuando ella está reunida como tal, con el fin de que toda persona (y comprende a las hermanas) que podrían tener conocimiento de alguna cosa desfavorable pueda oponerse para la admisión, teniendo una fecha determinada. Si no hay oposición, en otros términos, si el juicio de la asamblea en su totalidad subsiste tal cual, se anunciará — como regla general en una ocasión próxima — a aquellos que se reúnen a la Mesa del Señor, que la asamblea entra en comunión para el partimiento del pan, con la persona anunciada.

Notemos al pasar que el asunto del bautismo, que es planteado frecuentemente con la ocasión de la admisión de la Mesa del Señor, no es un asunto de la asamblea. Ciertamente, una persona no bautizada no debe ser admitida al partimiento del pan, y el asunto del bautismo no es el tema que pueda ser tratado por la asamblea. Pero el bautismo en si no es, en ninguna manera, un asunto de asamblea o una cuestión de comunión. Porque allí donde esto sucede, la diversidad de opiniones crea necesariamente divisiones, lo que es contrario a la unidad que debe representar la Asamblea de Dios. Esto equivaldría a buscar la unidad en el bautismo y no en Cristo, remplazando a Cristo por el bautismo.

Por otra parte, el respeto debido al Señor no nos autoriza a recibir a su Mesa a hijos que, dada su juventud, no pueden comprender suficientemente el alto significado del partimiento del pan, de manera que no se puede esperar de ellos una celebración verdaderamente digna de la Cena. Ciertamente, los hijos creyentes pertenecen también como los cristianos adultos a la familia y a la Asamblea de Dios. Pero, aunque los hijos de una familia terrenal toman parte de la mesa familiar, no se les permitirá tomar parte de una cena preparada para la visita de un huésped destacado, si es que no se puede esperar de ellos una conducta correspondiente a la deferencia dada a este huésped. — ¡Y cual es la medida de honor que debemos al Señor en comparación al hombre colocado en la mas alta dignidad!

 

2. — Así como para la recepción de un cristiano a la Mesa del Señor, la Asamblea entera también participa en el ejercicio de la disciplina tal como nos es descrita en la Palabra. El mal que es producido en medio de ella y que necesita la disciplina es su mal, porque «sin un miembro padece, todos los miembros sufren con el.» (1ª Corintios XII: 26). Solamente cuando una asamblea entera juzga el mal y se humilla puede ejercer la disciplina en la «casa de Dios» con el mismo espíritu que Dios disciplina y juzga a sus hijos, los moradores de su casa (Hebreos XII: 6; 1ª Corintios XI: 32). Si no hay un sentimiento de solidaridad con aquel que ha faltado, la disciplina tomará fácilmente el carácter de una fría sentencia. Solamente amando al miembro que ha faltado, permaneciendo firme y decidido para reprobar el mal y mantener la pureza de la casa de Dios, se podrá ejercer según Dios la disciplina en la asamblea.

Tomando parte a la Mesa del Señor, toda persona se coloca bajo el cuidado, las advertencias y, llegado el caso, la disciplina de la asamblea (Romanos XVI: 17; 1ª Corintios V; Gálatas VI: 1-2; Efesios V: 21; 1ª Tes. V:14-15; 2ª Tes. III: 6-15; Hebreos X: 24). De igual modo que la asamblea debe cuidar de no recibir al partimiento del pan a nadie que en su andar, el espíritu y la doctrina no estuviera conforme a la santidad de la Mesa del Señor y a la comunión de los creyentes, igualmente ella es responsable de exhortar y de disciplinar y además, llegado el caso, de separar de nuevo a aquellos que están en comunión, porque han faltado en estos dos puntos en cuestión.

El motivo de este artículo no es tratar de una manera detallada el cuidado y la disciplina. Deseo solamente insistir sobre el hecho que el ejercicio de la disciplina pertenece a la asamblea entera, como también la recepción a la Mesa del Señor. Entonces cuando, según la opinión de hermanos que están ocupados de un cierto caso, una disciplina alguna parece necesaria, según las instrucciones de la Palabra de Dios, se deberá dar a conocer a la asamblea entera, y la disciplina no podrá entrar en vigor si algún miembro de la asamblea no hace una objeción fundada. De la misma manera, la disciplina llega a ser una decisión de asamblea, que debe ser nuevamente comunicada como tal a la asamblea, a fin de que cada uno pueda comportarse conformemente con la disciplina con aquel que ha sido disciplinado, y participar prácticamente de esta manera en el ejercicio de la disciplina. Actuando así contra el mal, toda la asamblea se purifica de la «levadura» que se encuentra en ella (1ª Cor. V; 2ª Cor. VII:11). Es solo por una conducta unánime hacia aquel que ha caído bajo la disciplina que la acción seria de la asamblea es fortalecida. Cuando, por ejemplo, la disciplina consiste en la exclusión de la Mesa el Señor o en la ruptura de la comunión fraternal (2ª Tes. III:6,14,15), aquel que deseara tener aun una comunión cristiana con el hermano en cuestión haría que por su lado la disciplina de la asamblea sea ineficaz. Mas aun, negaría prácticamente la unidad del cuerpo, actuando en contradicción con la asamblea. Si esas relaciones continúan, a pesar de las exhortaciones repetidas, la asamblea debería terminar por ejercer la disciplina con el también. Porque una manera de actuar que está en contradicción con la asamblea, lo es también con el Señor mismo, que reviste de su autoridad y lo hace en su Nombre; porque El está en medio de aquellos que están reunidos en su Nombre (Mateo XVIII:17-20). Cuan serio es entonces desear por falsas consideraciones o por otros motivos, conservar o atar relaciones cristianas con aquellos que han sido colocados bajo la disciplina.

3. — Sucede desgraciadamente que cristianos que han tomado su lugar a la Mesa del Señor han dado pruebas de una gran indiferencia a este respecto, no participando, a menudo durante largos períodos. Cuando se piensa en el amor que el Señor a revelado a los suyos preparándoles, por el tiempo de su ausencia «visible», una mesa, en la cual Él desea ver reunidos a Sus queridos rescatados, para que se recuerden de Él y para anunciar su muerte, el sublime testimonio de Su amor, — cuando pienso en esto, no puedo impedir el reconocer que quedar voluntariamente alejado de esta Mesa equivale a menospreciar su amor y en una falta de amor por Él.

Ahora bien, el Señor mismo ha dicho: «El que no me ama, no guarda mis palabras» (Juan XIV: 24), y esto nos autoriza para concluir que aquel que siente una falta tal de amor por él no producirán tampoco un andar irreprochable, conforme a la santidad de la Mesa del Señor.

¿Cuáles son, en tal caso, las medidas a tomar? Primeramente, algunos hermanos fieles e instruidos, teniendo en su corazón la gloria del Señor, se ocuparán de aquel que ha hecho prueba de una culpable negligencia, enseñándole, y exhortándole y recordándole con amor el camino recto, con el fin de conducirlo, si es posible, a un estado normal. Si todos los esfuerzos hechos en ese sentido resultan vanos, la asamblea toma posición, es decir considera como suspendido de la comunión al hermano en cuestión a la Mesa del Señor hasta que, por un cambio de un espíritu manifiesto, pide volver a tomar de una manera conveniente su lugar a la Mesa del Señor. Si se estima necesaria esta suspensión de la comunión y se anuncia a la asamblea y si no hay objeción justificada, se podrá considerar esta decisión como siendo de toda la asamblea. Sería , ciertamente, muy inadmisible que esta decisión sea tomada solamente por algunos hermanos. La conciencia de lo que representa a la asamblea, que reglamenta sus asuntos bajo la autoridad del Señor presente en medio de ella, guardará a los hermanos fieles y cuidadosos de actuar por su propio juicio.

Sucede también que si alguno se retira de la Mesa del Señor y, en respuesta a una exhortación que le es hecha a propósito de eso, declara que no desea partir el pan; también deberá esto ser comunicado a toda la asamblea.

En fin, puede suceder que haya personas que, colocados bajo la disciplina de la asamblea, buscan sustraerse de la disciplina, declarando el deseo de no venir. Pero una asamblea que tiene conciencia de su responsabilidad no actuará en forma menor en contra de aquellos, como lo exige así el honor del Señor y de su Mesa, en la cual ellos tenían su lugar hasta entonces.

4. — Así como lo hemos ya recalcado, toda disciplina tiene por motivo, no solamente salvaguardar el honor del Señor y la santidad de la asamblea de Dios, sino aun de conducir en el camino recto a aquel que es objeto de la disciplina. Si todas las exhortaciones quedan sin fruto, si se ha probado todos los medios sin éxito, no existe más que una solución: la disciplina prescrita por la Palabra con el fin de conducir al culpable a tener conciencia de su falta y confesarlo delante de Dios y los hermanos. Cuando la asamblea ha empleado este último medio, no puede ocuparse mas del hermano extraviado, sino que en sus oraciones, lo encomienda a la gracia del Señor que, por la acción de su Espíritu, sabe siempre encontrar el camino de un corazón que ha quedado sordo a las exhortaciones de los hermanos.

En todos los asuntos que una asamblea puede ser llamada a normalizar, que cada uno sea guiado por la conciencia de que la Asamblea, a pesar de divisiones y disensiones, permanece para Dios en el cuerpo de Cristo, su Cabeza glorificada en los cielos, y que los asuntos de la Asamblea son Sus asuntos, con el fin de que en todas las cosas se actúe en perfecto acuerdo con Él.

 

 

Traducido de “El Mensajero Evangélico” año 1931