Conocemos la doctrina pre-milenialista o esperamos al Hijo?

Charles Henry Mackintosh

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Apocalipsis 1: 5-7

En los tiempos actuales, cuando el conocimiento acerca de muchas cuestiones es ampliamente difundido, es necesario apelar a la conciencia del lector cristiano para que discierna la gran diferencia que hay entre la posesión de la doctrina de la segunda venida del Señor y una espera real de su aparición (1.ª Tes. 1:10). ¡Hay muchos que predican elocuentemente sobre la doctrina del segundo advenimiento de Aquel a quien realmente no conocen! Advenimiento que ellos predican y profesan creer. Este comportamiento malvado debería ser señalado y dejado de lado. Vivimos en la era del conocimiento, del conocimiento religioso. Pero, ¡el conocimiento no es vida, el conocimiento no es poder, el conocimiento no da liberación ni de Satanás, ni del mundo, ni de la muerte, ni del infierno! Este conocimiento, al que me he referido, carece del conocimiento de Dios en Cristo. Uno puede saber mucho de las Escrituras, de profecía, de doctrina, y sin embargo estar muerto en delitos y pecados.

Por otro lado, hay un conocimiento que verdaderamente proporciona vida eterna y es el conocimiento de Dios, revelado en la faz de Jesucristo “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien has enviado” (Juan 17:3). Además, resulta imposible vivir esperando el día y la hora de “la venida del Hijo del Hombre”, si no se conoce al Hijo del Hombre en la experiencia. Yo puedo tomar datos proféticos y, por medio de un simple estudio y el ejercicio de mis capacidades intelectuales, descubrir la doctrina de la segunda venida del Señor. Pero todo esto no garantiza que yo conozca a Cristo y que Él habite en mi corazón ¡Cuán a menudo sucede esto! ¡Cuántas personas nos han sorprendido con su vasto conocimiento profético, conocimiento adquirido quizá durante años de laboriosa investigación, pero que al final ellos mismos muestran que han estado exhibiendo una luz no santa, diferente a la luz que se adquiere por medio de la oración y la espera en Dios! Seguramente, al pensar estas cosas nuestros corazones serán profundamente estimulados, nuestros pensamientos se volverán más solemnes, y nos ocuparemos en inquirir si verdaderamente conocemos o no a la bendita Persona que una y otra vez anuncia que “viene pronto”. Además, si no conocemos al Señor, podemos considerarnos como uno de aquellos a quienes el profeta se dirige con las siguientes palabras introductorias: “¡Ay de los que desean el día de Jehová! ¿Para qué queréis este día de Jehová? Será de tinieblas, y no de luz; como el que huye de delante del león, y se encuentra con el oso; o como si entrare en casa y apoyare su mano en la pared, y le muerde una culebra. ¿No será el día de Jehová tinieblas, y no luz; oscuridad, que no tiene resplandor?” (Amos 5:18-20).

El segundo capítulo de Mateo nos provee una ilustración muy atractiva de la diferencia entre un mero conocimiento profético de Cristo, —el ejercicio del intelecto para comprender la letra de las Escrituras— y los designios del Padre en la persona de Cristo. Los sabios, manifiestamente guiados por el dedo de Dios, buscaban a Cristo sinceramente y con fervor, y lo hallaron. En cuanto al conocimiento escritural, ellos no hubieran podido ni por un momento competir con los jefes de los sacerdotes y los escribas; ¿Qué había provocado el conocimiento escritural en estos últimos? Les posibilitó llegar a ser instrumentos eficientes para Herodes, que los llamó con el propósito de usar el conocimiento bíblico de ellos en su letal oposición al Ungido de Dios. Estos sacerdotes y escribas eran capaces de darle capítulo y versículo, como dijimos. Pero, mientras ellos ayudaban a Herodes por medio de su conocimiento, los sabios estaban, por designio del Padre, caminando hacia Jesús. ¡Bendito contraste! ¡Qué felicidad tan grande es estar a los pies del Señor Jesús como adorador, aunque tengamos poco conocimiento, antes que ser un docto escriba con un corazón frío, muerto y distante del bendito Señor! ¡Es mejor tener el corazón lleno de afectos vivos por Cristo que tener el intelecto repleto del más exacto conocimiento bíblico!

¿Cuál es la triste característica del tiempo presente? Una amplia difusión del conocimiento escritural pero con muy poco amor por Cristo, y con muy poca devoción por Su obra. Se exhibe una eficiente preparación para citar las Escrituras, como la que tenían los escribas y los jefes de los sacerdotes, pero sin propósito de corazón. Por el contrario, los sabios abren los tesoros y los presentan ante Cristo como ofrendas voluntarias de corazones llenos del conocimiento de su Persona. Lo que debemos anhelar es tener una devoción personal y no presentar una mera exposición vacía de conocimiento. No es que desestimemos el conocimiento escritural. ¡Que Dios no lo permita si se trata del conocimiento que requiere un genuino discipulado! Pero si no es así, me pregunto qué valor tiene. Ninguno, en absoluto. Si Cristo no es su objeto central, el más extenso abanico de conocimientos será algo completamente vano; Y no sólo esto, sino que probablemente será un instrumento eficiente en las manos de Satanás para sus propósitos hostiles contra Cristo. Un hombre ignorante puede equivocarse en cierta medida, pero un hombre docto sin Cristo puede ocasionar grandes daños.

Los versículos que encabezan este estudio nos presentan las bases divinas sobre las cuales está firme todo el conocimiento Escritural, y muy particularmente el conocimiento profético. Antes que alguien anuncie su sincero amén al anuncio “He aquí él viene con las nubes”, tiene que ser capaz, sin duda, de agregar una aclamación bendita de adoración: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre”. El creyente conoce a Aquel que viene, porque Él lo ha amado y lo ha lavado de sus pecados. El hijo de Dios espera al Amor eterno de su alma. Aquel que con humildad y mansedumbre sirvió, sufrió y se anonadó aquí abajo, pronto vendrá en las nubes del cielo, con poder y gran gloria, y todo aquel que le conoce lo recibirá con alegres alabanzas y será capaz de decir: “Este es el Señor, le hemos esperado, nos regocijaremos y nos alegraremos en su salvación”. Pero, lamentablemente, muchos esperan y discuten acerca de la venida del Señor pero no lo esperan sinceramente, viven para ellos mismos en el mundo, y su mente está ocupada en las cosas terrenales. ¡Qué terrible es hablar de la venida del Señor y ser dejado de lado cuando Él aparezca! ¡Oh!, querido lector, piense en todo esto y si realmente es conciente de que no conoce al Señor, entonces le ruego que lo contemple derramando Su preciosa sangre para lavarlo a usted de sus pecados, y lo aliento a que aprenda a confiar en Él, a apoyarse en Él, a regocijarse en Él y sólo en Él.

Pero si usted puede mirar los cielos y decir: «Gracias Dios, porque conozco al Señor y lo estoy esperando», permítame recordarle lo que señala el apóstol Juan como resultado práctico de esta bendita esperanza: “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica así como él es puro”. Sí, este debiera ser siempre el fruto de la esperanza del Hijo que viene de los cielos, y no del simple conocimiento de la doctrina profética. Muchas de las personas más impuras, profanas e impías que han hecho su aparición en el mundo han sostenido, en teoría, el segundo advenimiento de Cristo; pero ellos no estaban esperando al Hijo, por lo tanto no se purificaban a ellos mismos, ni tampoco podían hacerlo. Es imposible que alguien que genuinamente está esperando la aparición de Cristo, no realice un esfuerzo para crecer en santidad, separarse del mal y tener un corazón para Él. “He aquí yo vengo pronto, bienaventurado aquel que halle velando así”. Aquellos que conocen al Señor Jesucristo y aman su venida, buscarán diariamente despojarse de cualquier cosa contraria a los pensamientos de su Maestro; buscarán más y más estar conformados a Él en todas las cosas. Los hombres pueden sostener la doctrina de la segunda venida de Cristo y aún así permanecer aferrados al mundo y a sus cosas con un enorme afán, pero el verdadero siervo de corazón fijará su mirada en el retorno de su Maestro, recordando sus palabras benditas: “Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3).

EV. 08-Aug-2004