La Curación de Naamán

Lecciones de 2 Reyes 5

por Hugo Bouter

English version


“Ve y lávate... y serás limpio”

2 Reyes 5:10,13

“El que está lavado... está todo limpio”

Juan 13:10


Índice

1. La lepra de Naamán

          Los personajes principales           

          Naamán, general del ejército sirio

          Su lepra

2. Un consejo inesperado

          Una joven de la tierra de Israel

          De camino hacia el rey de Israel

          A Eliseo

3. La inmersión de Naamán en el Río Jordán    

          Ve y lávate en el Jordán

          Vida nueva en Cristo

          Una bendición de siete aspectos

4. Andar en novedad de vida

          La nueva vida de gratitud de Naamán

          Vivir en la presencia de Dios

          Vivir sin compromisos mundanos

5. El final de Giezi

          La ambición de Giezi

          Su confrontación con Eliseo

          Su castigo


1. La lepra de Naamán

2 Reyes 5:1

En este librito consideraremos la lepra de Naamán y su curación desde la perspectiva del Nuevo Testamento. Su purificación ofrece una clara ilustración de la purificación del pecador del pecado. Después de conocer en primer lugar brevemente a los personajes de este capítulo de la Biblia, nos ocuparemos de la pregunta por qué la lepra es figura del pecado.

Los personajes principales

Realmente, esta conocida historia es una obra maestra del poder narrativo. Se describe aquí a un número de personas de modo más claro y definido que en la novela más fascinante. Esto no nos sorprende, puesto que es la Palabra de Dios, viva y poderosa. En primer lugar, presentemos a los personajes principales:

(1) Naamán, general del ejército sirio: un hombre muy apreciado y querido a los ojos de ambos su señor y sus criados (v. 1, 13). Ahora bien, tenía un problema imposible de solucionar: era leproso.

(2) Una joven de la tierra de Israel. Vivía exiliada en un país extranjero, pero permaneció fiel al Dios de Israel. Tenía gran fe y amaba a sus enemigos (v. 3). Esta joven queda en el anonimato, pero es bastante notable a causa de sus cualidades espirituales.

(3) El rey de Israel. Su nombre no se menciona tampoco, pero deducimos que era Joram, el hijo del malvado Acab. Era caracterizado por la incredulidad, la exasperación y la sospecha (v. 7).

(4) El profeta Eliseo, el portavoz del Dios viviente. Es el personaje central de este capítulo, y sobresale por su simplicidad y capacidad de decisión hacia ambos los jefes de la tierra y su propio criado Giezi.

(5) Giezi, el criado del profeta. Destaca aquí en agudo contraste con su señor como consecuencia de su ambición, ignorancia y mundanería. Las emociones más profundas de su corazón son puestas al descubierto, como precisamente más tarde un Judas sería dejado en evidencia por el Señor mismo. El capítulo termina como empieza: ¡con un leproso! La lepra de Naamán se pegaría para siempre a Giezi y a su descendencia (v. 27).

Naamán, general del ejército sirio

Naamán era un hombre muy apreciado y popular. Su nombre también significa “agradabilidad” o “amistad”. El respeto que otros tenían por él puede deberse a su carácter de altos principios. Tanto su señor como sus criados parecen haber sido sinceramente comprensivos hacia él (v. 4-5, 13). No obstante, en el primer versículo, el favor de que gozaba estaba relacionado con sus éxitos militares, “porque por medio de él había dado Jehová salvación a Siria”.

Esta última declaración es muy reveladora. Viene a decir, en realidad, ¡el Señor reina! Dios no gobierna solamente a su propio pueblo, sino también a las naciones de la tierra. Y tal es el caso, aunque Su gobierno es con frecuencia incomprensible y Sus caminos inexcrutables. Esta es la primera lección que aprendemos aquí.

Dios no es un dios local, un dios de las montañas o un dios de las llanuras, o de uno de los elementos. Esto es lo que se pensaban los gentiles; esto es lo que los sirios también creían (1 Reyes 20:23). Pero era un error. Dios es el Dios viviente, el Señor de los cielos y de la tierra. Él sostiene el mundo entero en Sus manos.

Como decimos a continuación, Él usa a las naciones, si es preciso, para juzgar a Su propio pueblo. Aram (Siria) era una vara de disciplina en los días del malvado Acab y sus sucesores. Y Asiria, la potencia mundial que entonces surgía, sería lo mismo en una medida incluso mayor (Isaías 10:5). Aram había ya estado amenazando a Israel desde el norte desde los tiempos de Salomón (1 Reyes 11:25). No siempre habían guerras continuas entre los dos pequeños estados, ya que algunas veces harían tratados de paz (comparar el tratado entre Acab y Ben-adad en 1 Reyes 20:34). Las relaciones entre Siria e Israel en ese tiempo parecían más una paz armada. El mismo caso ocurría aquí, puesto que el rey de Israel vio un pretexto para una nueva guerra en esta carta del rey de Siria (v. 7).

Dios, por lo tanto, usó a este enemigo del norte como la vara de Su furor. Aram significa “alto” o “elevado”. En Aram vemos una figura del mundo como el adversario fatuo del pueblo de Dios, un enemigo convencido de su propia excelencia y que habla de modo autocomplaciente sobre sus propias posibilidades (véase la actitud de Naamán en el v. 12). Si el pueblo de Dios se encuentra a sí mismo en una mala condición, deberá optar por la derrota en su confrontación con el mundo. Y hoy, todavía es este el caso. ¿Somos conscientes de ello?

Suponemos que la victoria de Naamán fue obtenida efectivamente sobre Israel, aunque eso no sea dicho con tantas palabras. Existe una interesante tradición judía que dice que Naamán era el arquero que hirió al rey Acab en la batalla cerca de Ramot en Galaad (1 Reyes 22:34). Otros piensan en una victoria de Aram sobre Asiria. El segundo Libro de Reyes, no obstante, pone de relieve que Eliseo jugó un papel importante en las guerras entre Aram e Israel. El profeta apareció incluso en Damasco y se vio involucrado en el nombramiento de Hazael como rey de Aram (2 Reyes 8:7-15). Todo esto pertenecía al plan de Dios para castigar a Su pueblo que se había desviado, y llamarlos al arrepentimiento.

Naamán, el general del ejército sirio, era por tanto un gran hombre. Todo el mundo estaba favorablemente dispuesto para él. Hasta había sido un instrumento en las manos del Señor. Diríamos que tenía éxito en todas las cosas. Pero todo era apariencia. Era únicamente el lado externo de su vida.

Su lepra

Naamán tenía un problema oculto. La bonita descripción del versículo 1 es perjudicada por un grave “pero”. Se dice de modo sorprendente: “pero leproso”. Tenía una enfermedad incurable, y nadie podía ayudarlo. Es posible que la enfermedad estuviese aún en su fase primaria, ya que el versículo 11 habla del “lugar” afectado de su cuerpo.

Pero la enfermedad se extendería insidiosamente y cada vez más afectaría varias partes de su cuerpo. Esta era una perspectiva terrible. ¿Qué le aguardaba en adelante? ¿Cómo podría seguir viviendo con este problema?

¿Qué quiere decir la Biblia con la lepra? Parece que ha sido un término amplio, el cual se aplicaba también a los vestidos y a las casas (Levítico 13-14). Según algunas personas, incluía toda clase de erupciones y enfermedades de la piel. Pero la ley tocante a la lepra misma distingue entre la llaga de lepra y la erupción inofensiva (Levítico 13:39). Cuando se refiere a las personas, tendremos que pensar exclusivamente en la lepra, siendo el caso de Naamán y Giezi, y el de Miriam (Números 12). Vemos otros ejemplos de ello en las vidas de Moisés (Éxodo 4:6), el rey Azarías o Uzías (2 Reyes 15:5; 2 Crónicas 26:16-21).

Sabemos que la enfermedad y la muerte, el dolor y la tristeza, son todos consecuencia del pecado (véase Génesis 3:16-19). La muerte entró en el mundo por el pecado (Romanos 5:12). La relación entre el pecado y la enfermedad es, sin embargo, un asunto muy complicado. Pero referente a la lepra, puede decirse que esta enfermedad ofrece una imagen muy impresionante del pecado y de sus consecuencias mortales, destructivas.

Se pueden mencionar las razones siguientes para apoyar esto:

(1) La lepra era una enfermedad infecciosa que continuaba extendiéndose con insidia y afectaba al cuerpo entero. Sabemos que nada bueno mora en nuestra carne de pecado (Romanos 7:18).

(2) El leproso era considerado casi muerto. Aarón habló de su hermana “no quede ahora ella como el que nace muerto... que tiene ya medio consumida su carne” (Números 12:12). Como pecadores, somos muertos en nuestros delitos y pecados, y ajenos de la vida de Dios (Efesios 2:1; 4:18). Sólo Dios puede darnos vida (véase 2 Reyes 5:7).

(3) El leproso era juzgado inmundo. Tenía que rasgar sus vestidos como señal de duelo y gritar: “¡Inmundo!, ¡inmundo!” (Levítico 13:45). De la misma manera, la inmundicia y la verecundia del pecado se retienen en nosotros por naturaleza.

(4) El leproso quedaba fuera del campo a causa de su inmundicia, fuera del lugar donde un Dios Santo moraba en medio de Su pueblo (Levítico 13:46; Números 5:2; 12:14; 2 Reyes 7:3; 2 Crónicas 26:21). De la misma manera, vivíamos sin Dios en el mundo, siendo enemigos de Él.

(5) El leproso no era curado por un médico, sino limpiado en presencia del sacerdote. La ceremonia para la purificación, sobre la base de los sacrificios prescritos (entre ellos la ofrenda por el pecado para hacer expiación para el leproso sanado), señalaba la obra de Cristo. Solamente su obra redentora pudo quitar la mancha del pecado. Además, como personas que hemos sido limpiadas por Su muerte, hemos de caminar en novedad de vida por el poder de Su resurrección. La unción del Espíritu Santo (el “aceite”) nos permitirá hacerlo así.

Cuando miramos al leproso Naamán, vemos en realidad la imagen de nosotros mismos. Podemos tener toda clase de talentos; podemos tener éxito; la gente puede apreciarnos. Aun así, en la vida de todos existe un grave “pero”, es decir, el problema del pecado. La enfermedad del pecado nos afecta y nos arruina. Nosotros solos no podemos solucionar ese problema mortal que destruye nuestras vidas. Pero lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios.


Cuestiones

1. ¿En cuál de los cinco personajes de la historia reconoces algo de ti mismo?

2. ¿Eres tú quizás una persona orgullosa y mundana como Naamán?

3. ¿Aceptas, como causa de tu pecado, que eres un enfermo incurable? ¿Te das cuenta de que eres malo y estás perdido, e incapaz de salvarte tú solo? 


 

2. Un consejo inesperado

2 Reyes 5:2-9

Vimos en el primer capítulo que la lepra es figura del pecado. Veremos ahora cómo una joven de la tierra de Israel mostró el camino de la salvación al general leproso del ejército sirio. Podemos ver aquí que nadie podía ayudar a Naamán, ni el rey de Aram ni el rey de Israel. Los dioses de Damasco tampoco podían poner remedio. La salvación podía solamente encontrarse en el Dios de Israel. Ello explica por qué Naamán tuvo que ir a Eliseo, el representante del Dios vivo y verdadero.

Una joven de la tierra de Israel

Hablando humanamente, el problema de Naamán era imposible de solucionar. Pero por su curación queda completamente claro que la salvación se encuentra en el Dios de Israel. Él solo podía limpiar a Naamán de su lepra. Sí, Él nos salva hasta de los dolores del pecado. Pero tenemos que venir a Él con fe, y no esperar nuestra salvación de los médicos de este mundo (véase v. 11). Es el Dios vivo y verdadero quien nos puede ayudar.

Es conmovedor el hecho de que, una joven de la tierra de Israel, mostrara el camino de la salvación al poderoso general del ejército de Siria. En presencia de su señora, dio muy sencillo testimonio de su fe: “Si rogase mi señor al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra” (v. 3).

Grupos de atacantes sirios la habían secuestrado y vendido en el mercado de esclavos de Damasco. En realidad, esa era una de las maldiciones que habían sobrevenido al pueblo de Dios. Moisés ya lo había predicho: “Tus hijos y tus hijas serán entregados a otro pueblo, y tus ojos lo verán, y desfallecerán por ellos todo el día; y no habrá fuerza en tu mano” (Deuteronomio 28:32). De tal manera esta joven vino a encontrarse en la familia del general del ejército sirio (v. 2). La mujer de Naamán se había convertido en su señora. Dios permitió esto y también lo planeó de este modo, ya que Él tiene sus propias razones para ello.

Afortunadamente, esta chica no dejó llevarse por los sentimientos o el odio de su nuevo escenario. Pese a su corta edad y a las difíciles circunstancias en que se encontraba en el país extranjero, dio testimonio del Dios viviente y amaba incluso a sus enemigos. Asimismo, nosotros como creyentes somos representantes, embajadores de Cristo, y debemos dar testimonio de la esperanza que hay en nosotros (2 Corintios 5:20; 1 Pedro 3:15). ¿Somos conscientes de este elevado llamamiento?

Esta joven poseía una gran fe en su Dios y en Su profeta. ¿Cómo sabía que Eliseo estaba dispuesto y era capaz de curar al General Naamán de su lepra? Fue sólo su fe que le susurraba al oído. Eliseo había realizado todo tipo de milagros, pero aún no había curado a un leproso. Podemos leer eso en el Nuevo Testamento. Aunque había muchos leprosos en Israel en tiempos de Eliseo, ninguno de ellos estaba limpio (Lucas 4:27). Después de todo, Dios tuvo que castigar a Su pueblo porque servieron a los ídolos. Ni uno de los israelitas fue limpiado aquellos días salvo Naamán el sirio. La gracia de Dios alcanzó así a los gentiles.

De camino hacia el rey de Israel

La mujer de Naamán creyó las palabras de su pequeña esclava fémina y se las comunicó a su marido. Y Naamán se las transmitió a su señor, el rey de Siria (v. 4). Mientras tanto, la enfermedad del general del ejército había trascendido públicamente. Una cosa llevó a la otra, y el asunto fue tratado de manera diplomática (lo cual, en los asuntos médicos también, parece haber sido costumbre en el mundo antiguo). El objetivo era que el rey de Israel se acercaría posteriormente “al profeta en Samaria” quien, al fin y al cabo, era su subordinado según el modelo terrenal.

Naamán tenía unas cartas de su rey, al igual que un regalo generoso. El rey de Siria estaba dispuesto a compartir personalmente sus riquezas a fin de echar una mano a uno de sus mejores súbditos. El regalo consistía de una cantidad de trescientos cuarenta kilogramos de plata, setenta kilogramos de oro y diez mudas de vestidos (v. 5). Eso representaba una fortuna enorme. El oro y la plata tenían un valor de millones de pesetas.

Naamán llegó a Samaria, con las cartas que decían: “Cuando lleguen a ti estas cartas, sabe por ellas que yo envío a ti mi siervo Naamán, para que lo sanes de su lepra” (v. 6). Su llegada ocasionó bastante agitación en la corte del rey de Israel, puesto que vio en esa carta algún tipo de excusa, una provocación de guerra (v. 7). Exasperado, rasgó sus vestidos. Una reacción tan pesimista podía esperarse del rey Joram (véase 3:13). El rey sabía muy bien que él no era un hijo de los dioses a quienes se les podía atribuir el poder de curar (así es como las naciones paganas, demasiado a menudo, contemplaban a sus reyes).

Pero, desgraciadamente, tomó el nombre de Dios en vano al decir: ¿“Soy yo Dios, que mate y dé vida, para que éste envíe a mí a que sane un hombre de su lepra?” Realmente esto indica la gravedad de la situación: sólo Dios, quien había enviado la afección mortal, podía dar un remedio y dar vida al muerto.

A Eliseo

Según parece, el rey Joram no se acordaba de Eliseo en absoluto, pese a que en aquellos tiempos el profeta fuera el conducto de la bendición de Dios. Dios extendió su brazo de salvación a Israel por medio de Su siervo. Pero el profeta no era honrado en su propia tierra. Por lo visto, Eliseo vivía de nuevo en la capital (véase 2:25; 6:32).

Tuvo que tomar la iniciativa él solo. Así, envió el siguiente mensaje al rey: “¿Por qué has rasgado tus vestidos? Venga ahora a mí, y sabrá que hay profeta en Israel” (v. 8b). Entonces Naamán vino finalmente a Eliseo el profeta, quien es llamado también aquí “el varón de Dios” (v. 8a). Ahora había venido a la persona indicada, ya que el varón de Dios era el representante del Dios viviente, quien tiene efectivamente el poder de matar y de dar vida.

Existía aún, sin embargo, otro problema. Naamán era consciente de su elevada posición. Vino en su propia dignidad, “con sus caballos y su carro” (v. 9). Lleno de orgullo permaneció a la puerta de la casa de Eliseo. Pero no podemos venir a Dios de esa manera. Naamán no podía recibir ayuda en sus propias condiciones, sino sólo en las condiciones que Dios le ofrecía. Le fue necesario aprender esto, como veremos. Eso es precisamente lo que cada creyente debe aprender: acercarse a Dios, consciente de su propia indignidad. No tiene sentido que intente medrar o ganar la salvación por mis propios méritos. Debo venir tal como soy, como un pecador perdido, y así es como Dios me aceptará. Lo hace así por gracia gratuita.


Cuestiones

1. ¿Eres tú también, como esta joven, un representante, un testigo del Dios vivo y verdadero entre tus conocidos?

2. ¿Esperas la ayuda y la salvación del hombre, de los que gobiernan este mundo?

3. ¿O estás convencido de que solamente el gran Profeta, el verdadero Varón de Dios, a saber, Cristo, puede traer la salvación?


3. La inmersión de Naamán en el Río Jordán

2 Reyes 5:10-14

Ahora veremos cómo Naamán se humilló  y se sumergió siete veces en el río Jordán. Sin embargo, no permaneció en esa “tumba”, sino salió una persona nueva. Este es un ejemplo magnífico para nosotros como cristianos, pues también experimentamos una renovación completa vistiéndonos del nuevo hombre.

Ve y lávate en el Jordán

Eliseo no creyó conveniente hablar con Naamán personalmente. Tenía sus sabias razones para actuar de ese modo, como pronto llegaría a evidenciarse, ya que Naamán tuvo que aprender a humillarse a sí mismo. Su orgullo tuvo que doblegarse. El profeta no salió de su casa, sino simplemente envió un mensajero a él con el mandato: “Ve y lávate en el Jordán siete veces” (v. 10a). A la vez, añadió la llana promesa: “... y tu carne se te restaurará, y serás limpio” (v. 10b). Literalmente dice: “... y tu carne vendrá de nuevo a ti”. Al final, una de las terribles consecuencias de la lepra es que la carne de la persona enferma se consume poco a poco.

Al poderoso general del ejército sirio, no obstante, no le gustó esta orden. Naamán interpretó el mensaje del profeta de improperio a su persona. Había esperado un trato completamente distinto, un ritual complejo, como estaría probablemente acostumbrado con los magos paganos de su país (v. 11). Ciertamente era merecedor de un trato honorable. A pesar de todo, ¿no era él de gran importancia? Por cierto que recompensaría generosamente a Eliseo por sus servicios.

¡Qué orden: “Ve y lávate en el Jordán siete veces!” ¡Qué humillación! ¿No eran los diáfanos y caudalosos ríos de Damasco, el Abana (o Amana) y el Farfar, mejores que el estrecho y cenagoso Jordán? ¿No podía el general haber tomado un baño en su casa? Naamán podría haber ideado ese remedio él mismo (v. 12). No obstante, no quiso abandonar los ríos ni a los dioses de Damasco. Sólo más tarde aceptaría que no había Dios en toda la tierra, excepto en Israel (v. 15). Naamán se enojó y se sintió zaherido. Ya podía oírse la orden a su carrero: ¡Coge las riendas! ¡Nos vamos a casa!

Debió de haber sido una procesión tranquila que empezó allá en una dirección al norte y descendió de las montañas de Samaria. Tal vez ocurrió en un lugar de descanso no lejos del Jordán que los criados de Naamán tuvieron el valor de dirigirse a su señor (v. 13). Lo hicieron con mucho tacto y con el preciso respeto. Ellos honraban a su general como a un padre. Dieron un consejo que no se pidió, pero fue muy acertado y bueno. Si a Naamán se le hubiera encomendado el servicio de hacer algo difícil, ¿no lo habría hecho así? ¿No habría empleado todos los medios posibles para recobrar la salud? Ahora, sin embargo, el profeta había dado una orden sencilla: “Ve y lávate”. ¿Por qué no escuchar aquellas simples palabras del varón de Dios?

Vida nueva en Cristo

Naamán se hace acreedor al querer escuchar las palabras de sus subordinados. No actuó con altivez: “Él entonces descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios” (v. 14a).

Con todo, debió de haber sido muy difícil para él humillarse tanto en presencia de sus inferiores. Tuvo que descender del carro elevado, quitarse la ropa y hundirse en el Jordán. Por añadidura, él no lo hizo sólo por complacer a sus criados. No solamente los escuchó, sino que cumplió con el dicho del varón de Dios, como dice nuestro versículo. Obedeció a Dios.

Este es un precioso ejemplo del camino de la salvación. Debemos ser conscientes de nuestro bajo estado, de nuestra pecaminosidad y de nuestra condición leprosa ante Dios. Debemos humillarnos delante de Él y bajar del “carro elevado” de nuestro orgullo natural y prepotencia. Debemos seguir el camino que Él nos indica en Su Palabra. El remedio divino es que confesemos nuestros pecados, nos despojemos del viejo hombre y nos metamos dentro del río de la muerte. En otras palabras, tenemos que identificarnos en fe con un Cristo que murió por nuestros pecados. No hay otra alternativa para ser salvo, limpio y recibir una vida nueva. “Nadie viene al Padre sino por Mí”, dice el Señor Jesús (Juan 14:6).

Naamán fue obediente y se sumergió siete veces en el río Jordán. El nombre Jordán significa “ir abajo” o “ir curso abajo”. El río nace entre el Líbano y el monte Hermón y sigue su curso al Mar Muerto, situado muy por debajo del nivel del mar. Esta es una maravillosa figura de la muerte de Cristo, ya que descendió de las alturas despojándose a Sí mismo. Se humilló a Sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte. El número siete habla de la perfección. Naamán tuvo que sumergirse siete veces en el Jordán. Tuvo que ir abajo por completo. Nada podía quedar del viejo hombre. También nosotros como creyentes fuimos sepultados con Cristo a muerte por el bautismo. Hemos sido unidos juntamente con Él en la semejanza de Su muerte (Romanos 6:4-5).

Pero Naamán no permaneció en la tumba de agua. Salió una nueva criatura: “... y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio” (v.14b).

Esto es una imagen de la nueva vida que hemos recibido como cristianos. No sólo hemos muerto con Cristo, sino también hemos resucitado con Él a una vida nueva.

Una bendición de siete aspectos

Parte del texto arroja luz sobre un número de verdades importantes del Nuevo Testamento (más o menos haciéndolos coincidir, he sacado siete puntos). El “bautismo” de Naamán en el Jordán explica que:

(1) Hemos sido limpiados de los pecados e iniquidades que nos asían y amancillaban a los ojos de un Dios santo (Juan 13:10; Hebreos 10:22; 1 Pedro 1:22);

(2) Hemos sido librados del poder del pecado que nos destruía y se extendía insidiosamente en nuestras vidas (Romanos 8:2);

(3) Hemos nacido de nuevo (Juan 3:3+5);

(4) Tenemos vida juntamente con Cristo (Efesios 2:5; Colosenses 2:13);

(5) Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron (2 Corintios 5:17; Tito 3:5);

(6) Nos hemos despojado del viejo hombre y nos hemos vestido del nuevo hombre (Gálatas 3:27; Efesios 4:22-24; Colosenses 3:9-10);

(7) A partir de ahora podemos vivir en novedad de vida (Romanos 6:4).

Aquí también aparece que las Escrituras hablan con frecuencia de la purificación del leproso y casi nunca de su curación. Asimismo, el pecado nos convierte en inmundos delante de Dios, quien es muy limpio de ojos para ver el mal. La promesa del profeta fue: “... y serás limpio (v. 10b). Al mantener esto, leemos aquí: “... y quedó limpio” (v. 14b). También nosotros, como discípulos de Cristo, somos “completamente limpios” (Juan 13:10).


Cuestiones

1. ¿Estás dispuesto a humillarte delante de Dios?

2. ¿Has sido unido, por la fe, a Cristo en Su muerte y resurrección, y lo has expresado con el bautismo?

3. ¿Caminas tú también en novedad de vida?


4. Andar en novedad de Vida

2 Reyes 5:15-19

En este cuarto capítulo veremos cómo Naamán, después de haber sido limpiado, su deseo era sólo servir al Dios de Israel. Esta es una lección importante para nosotros, pues como cristianos también deseamos servir y adorar al Dios vivo y verdadero.

La nueva vida de gratitud de Naamán

Cuál fue la reacción de Naamán a su curación y purificación? Volvió a Eliseo a fin de mostrarle su gratitud (v. 15a). A este respecto, él es la semejanza perfecta del samaritano en Lucas 17, un extranjero que también se volvió para agradecer a Dios después de ser limpiado de su lepra. Nosotros también deberíamos hacer eso como los redimidos del Señor. Deberíamos caer a las plantas de nuestro Salvador y darle honra por nuestra salvación.

Después de nuestra conversión, deberíamos igualmente mostrar una nueva obediencia. Aquí vemos una figura de ello. No hubo huella alguna de soberbia en Naamán cuando se volvió al varón de Dios, él y toda su compañía. No permaneció sentado en su carro, como hiciera en su primer encuentro, sino fue a la casa del profeta. Muy abyecto, le habló de sí como si fuera criado de Eliseo: “He aquí ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel. Te ruego que recibas algún presente (lit. “bendición”) de tu siervo” (v. 15b).

Naamán había llegado a conocer al Dios verdadero, al Dios de Israel, el Creador del cielo y de la tierra. Reconoció que todos los demás dioses eran ídolos, que no tenían poder alguno para salvar (Isaías 45:20). Quería mostrar su gratitud a Dios, ofreciendo un presente a Eliseo. Lo hizo con buena intención, pero tuvo que aprender que la gracia de Dios era completamente gratuita. Lo mismo se puede decir de nosotros acerca de este principio. No podemos pagar nada por nuestra salvación. La salvación en Cristo es de balde. La verdadera bendición es exclusivamente de arriba, y desciende del Padre de las luces.

Ello explica por qué el profeta rechazó la recompensa con determinación. Era un siervo del Dios viviente y no podía aceptar nada por el milagro de la purificación de Naamán. Pese a que éste último insistió en que aceptara algo, siguió negándose (v. 16). Este principio también vale para nosotros: “de gracia recibisteis, dad de gracia” (Mateo 10:8). Es una manera perniciosa de pensar o suponer que la piedad, a saber, el servicio de Dios, es un medio de ganancia (1 Timoteo 6:5). No obstante, Giezi era una persona que había perdido el camino de la verdad, como podremos ver.

Vivir en la presencia de Dios

Pero el corazón de Naamán se mantenía en el lugar correcto. No importa cómo, él quería servir al Dios de Israel. Aunque no podía pagar nada al profeta por su lavamiento, podía preguntarle algo. Pues Naamán realmente quería empezar una vida nueva. Esto es también verdad para nosotros. Después de haber sido levantados con Cristo a una nueva vida, debemos caminar en las buenas obras que Dios nos ha preparado de antemano (Efesios 2:10). El general del ejército sirio tenía el siguiente deseo: “Te ruego, pues, ¿de esta tierra no se dará a tu siervo la carga de un par de mulas? Porque de aquí en adelante tu siervo no sacrificará holocausto ni ofrecerá sacrificio a otros dioses, sino a Jehová” (v. 17).

Tenemos aquí una prueba clara de su conversión, un bonito fruto de la nueva vida que había recibido. Cuando nos volvimos de los ídolos a Dios, a partir de ese instante nuestro deseo fue servir al Dios vivo y verdadero (véase 1 Tesalonicenses 1:9). Debemos servirle según Su voluntad revelada, sobre una base que responda a Su santidad — tal como Naamán deseó servirle sobre terreno puro.

Probablemente que de esta carga de tierra hiciera “un altar de tierra” para el Señor y sacrificó en él sus holocaustos y ofrendas de paz (véase Éxodo 20:24). Los patriarcas de Israel habían procedido del mismo modo. Con frecuencia hacían altares de tierra, como vemos en el libro del Génesis. El servicio del verdadero Dios va tomando forma en nuestro culto personal, en nuestra conducta privada, pero también en nuestra adoración pública. ¿Poseemos un altar así donde invocar el nombre del Señor?

Como cristianos sí tenemos un altar, como Hebreos 13:10 nos enseña. Este no es un altar de tierra, en el sentido pleno de la palabra, o uno de oro

o de bronce, sino un altar en su sentido simbólico. Tenemos un lugar donde nos encontramos con Dios, o a decir verdad, una Persona por la cual nos acercamos. Cristo mismo es el verdadero Centro de nuestro culto y por Él tenemos acceso a Dios y libertad para entrar en el Lugar Santísimo (Hebreos 10:19; 13:15).

¿Servimos a nuestro Dios con un corazón agradecido, particular y colectivamente con los demás? ¿Nos acercamos a Él como sacerdotes? ¿Ofrecemos sacrificios de alabanza a Dios, es decir, el fruto de nuestros labios, dando gracias a Su nombre? ¿Le pagamos tributo por Su gran salvación? ¿Entendemos que sólo a Él le debemos nuestra purificación?

Vivir sin compromisos mundanos

Aquí vemos algo más. Una vida tal en presencia de Dios, de cierto traerá dificultades, pues no podemos servir ambos a Dios y al mundo. La gente que nos rodea insistirá en que hagamos un compromiso. Naamán también tuvo este problema. Al instante se dio cuenta, y se lo mencionó con toda sinceridad a Eliseo (v. 18). Su señor, el rey de Siria, se quedaría probablemente sirviendo a los ídolos. ¿Debería él entrar en el templo del ídolo como el siervo en cuyas manos depositaba el rey su confianza? (véase 2 Reyes 7:2). ¿Lo perdonaría Dios si, como parte de sus obligaciones, fuera a inclinarse ante Rimón? (Rimón era el dios de los sirios, y el dios asirio del trueno. Era el mismo que Hadad, de quien se deriva el nombre de Ben-adad. A veces, ambos nombres aparecen juntos en el orden Hadad-rimón — Zacarías 12:11).

No recibió una contestación rebuscada. El profeta simplemente dijo “Ve en paz” (v. 19). Ello no quiere decir que Eliseo aprobara tal ambigüedad. Era imposible servir ambos a Dios y a Rimón, aunque éste sólo resultara de la  tradición. Dios no quiere que un creyente tenga comunión con los ídolos (1 Corintios 10:14-22). Pero Él salvaría esta dificultad a Su tiempo y a Su manera. Eliseo estaba convencido de ello, e incluso podía tranquilizar la conciencia de Naamán. Naamán podía seguir su camino gozoso, como se dice tan maravillosamente del eunuco etíope (Hechos 8:39). Nadie podía quitarle la paz que había hallado.

Por eso fue también una respuesta muy acertada. Las personas que acaban de convertirse no deben pugnar con una larga lista de normas y regulaciones. Deben aprender a caminar por la fe. Dios mismo los lleva por las sendas de justicia por amor de Su nombre, y los ayudará a resolver sus problemas.


Cuestiones

1. ¿Estás agradecido por tu salvación?

2. ¿También tú tienes “un altar” para adorar al Señor (véase Hebreos 13:10)?

3. ¿Es tu nueva vida de un cristiano sin compromisos mundanos?


5. El Final de Giezi

2 Reyes 5:20-27

Después de ver cómo Naamán fue limpiado y de cómo dedicó su vida a Dios, prestaremos atención ahora al final infeliz de Giezi. Este es un serio aviso para los cristianos nominales.

La ambición de Giezi

El final de este capítulo bíblico forma el negro equivalente de la historia de la purificación de Naamán. La ambición de Giezi contrastó agudamente con el altruísmo de Naamán. Las mentiras del criado acentuaron la sinceridad de su señor aún con más intensidad.

Vemos igualmente aquí que Dios prueba los corazones y las mentes (Salmos 7:9; Jeremías 11:20). Discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4:12). Hasta saca a la luz lo oculto de las tinieblas y manifiesta los propósitos de los corazones (1 Corintios 4:5). Tiene la potestad de dejar al desnudo a los hipócritas, pues Él conoce todo. Luego aquí oímos lo que Giezi pensaba y el plan que trazó (v. 20). Pensó que su secreto quedaría oculto. No tomó en cuenta al Dios viviente. ¡Qué fallo de cuentas, qué error pensar que podía abusar de su posición y de la autoridad del varón de Dios sin sus serias consecuencias!

Giezi, llevado por el deseo de riqueza y dinero, fue de pecado en pecado. Es una amarga lista de mentiras de pecado y trampas, de menosprecio a su señor y abuso de la autoridad de éste. En efecto, el amor al dinero es la raíz de todos los males (1 Timoteo 6:10). La codicia no es nada menos que idolatría (Colosenses 3:5). Giezi tuvo incluso la fuerza de jurar a Dios que correría tras Naamán y tomaría algo de él: “...Vive Jehová”. ¡Qué falso juramento más descarado! Giezi dio la impresión de ser piadoso, pero pronto fue puesto al descubierto.

El criado del profeta tenía poco respeto por los tratos de su señor. Era incomprensible para él que su señor hubiera ayudado a ese sirio, a ese enemigo de Israel, sin compromiso alguno. Según parece, daba poca importancia al hecho de que con motivo de ello, Naamán había llegado a conocer al Dios de Israel y había aprendido a vivir por gracia. ¡Sería una lástima perder una oportunidad así! ¡Rápidamente corrió tras él para compensar este descuido!

Naamán vio a alguien que corría tras él. Saltó de su carro y dijo preocupado: “¿Va todo bien?” (v. 21). Giezi tenía su mentira a punto. Dos profetas (pobres) habían venido a Eliseo. La cuestión, ahora, era si ellos tenían un talento de plata y dos vestidos nuevos. Pues claro, contestó Naamán. Estaba contento de poder mostrarle su gratitud al respecto, y le dio el doble de la cantidad de plata que pidió. Con el auxilio de los criados de Naamán, Giezi se llevó todo a la colina cerca de la casa de Eliseo. Allí se despidió de los hombres. Escondió el tesoro en lugar seguro (v. 22-24).

Su confrontación con Eliseo

Como si nada hubiera ocurrido, Giezi entró y permaneció delante de su señor. Fingió ser un criado fiel. Eliseo hizo una pregunta reveladora: “¿A dónde fuiste, Giezi?” (v. 25a). Preguntas así de penetrantes son características de las Escrituras.

En el libro del Génesis, por ejemplo, existen tres preguntas vitales: “¿Dónde estás tú?” “¿Qué has hecho?” “¿De dónde vienes tú, y a dónde vas?” (Génesis 3:9; 4:10; 16:8).

Con una última mentira, Giezi intentó ocultar su engaño: “Tu criado no ha ido a ninguna parte” (v. 25b). Literalmente, dice que no fue por tal ni cual camino. Luego sigue su desenmascaramiento, pues Dios había revelado la verdad a Eliseo. Vio lo que ocurrió: “¿No estaba también allí mi corazón, cuando el hombre volvió de su carro a recibirte?” (v. 26a).

Eliseo aún planteó una pregunta indagadora: “¿Es tiempo de tomar plata, y de tomar vestidos, olivares, viñas, ovejas, bueyes, siervos y siervas?” (v. 26b). Giezi pensó, en efecto, que ésta era una oportunidad única para edificar una vida para él solo. ¡Pero aun hoy, muchos creyentes están fácilmente influenciados por la prosperidad material!

Pero si nos servimos de esta pregunta de manera algo más tolerante, vemos aquí que Giezi no reconoció la naturaleza real de los días en que vivía. No cayó en la cuenta de que eran tiempos en que el juicio estaba cercano (véase Lucas 12:56). No entendió que era mejor vivir en vituperio con el varón de Dios que vivir en prosperidad. ¿Y qué hay de nosotros? ¿Nos damos cuenta de que vivimos en los últimos tiempos? ¿Poseemos conocimiento de los tiempos, para saber lo que Israel debería hacer? (véase 1 Crónicas 12:32). ¿Deseamos ser fieles siervos del Señor, quienes aman Su venida?

Su castigo

Giezi fue castigado equitativamente con la misma enfermedad de la que se había curado Naamán. Ahora que se había apropiado con equívoco de la plata de Naamán, también recibió su enfermedad. Además, fue un castigo colectivo (véase Josué 7:24; Daniel 6:24). La lepra de Naamán se pegaría a él y a sus descendientes para siempre (v. 27a).

Después Giezi dejó a su señor: “y salió de delante de él, leproso como la nieve” (v. 27b; véase Éxodo 4:6; Números 12:10). Totalmente marcado por la enfermedad, “salió de delante de él”. Era una imposibilidad moral para él permanecer cerca de Eliseo, aunque podía declarársele limpio según la ley con respecto a la lepra (Levítico 13:13).

Este severo castigo fue de acuerdo con la gravedad de sus pecados:

(1)     No tomó en cuenta que el amor hacia el dinero era la raíz de toda suerte de males.

(2)     Cedió a sus deseos carnales de dinero y riquezas.

(3)     Abusó de la autoridad del varón de Dios ante Naamán.

(4)     Mintió al profeta.

(5)     Manchó la reputación de la misericordia divina delante de un no israelita.

(6)     No mostró una comprensión correcta del fin de los días en que vivía.

¡Pero qué terrible para alguien que había vivido tan cerca de Eliseo tener que marchar de la presencia del profeta de esa manera! No sabemos si jamás lo volvió a ver. Este es un serio aviso para los cristianos profesantes, pues todos los que están familiarizados con Cristo, el varón de Dios, todavía no lo conocen en sus corazones.

El final de Giezi nos hace pensar de lo que Pablo, profeta importante del Nuevo Testamento, escribió a los corintios que profesaban conocer al Señor: “El que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema. El Señor viene” (1 Corintios 16:22). Una persona así debe enfrentarse al castigo eterno, a la destrucción eterna de la presencia del Señor y de la gloria de Su poder (2 Tesalonicenses 1:9).


Cuestiones

1. ¿Te has examinado alguna vez para ver si eres un verdadero creyente (véase 2 Corintios 13:5)?

2. ¿Te das cuenta, como Giezi, de que eres culpable al no volverte de verdad de los ídolos a Dios?

3. ¿Buscas la presencia de Cristo, el verdadero Varón de Dios, con un corazón sincero?


 Hugo Bouter

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