Exposición De Romanos
por Dr. Harry A. Ironside
Contenido
El Tema y su Análisis
DIVISION I: Doctrinal, Capítulos 1 - 8: la justicia de Dios revelada en el Evangelio
- Salutación e introducción
- La necesidad del Evangelio
- El Evangelio en relación con nuestros pecados
- El Evangelio en relación con el pecado
- El triunfo de la gracia
DIVISION II: Dispensacional, Capítulos 9 al 11: La justicia de Dios armonizada con su tratamiento Dispensacional
- Cómo trató Dios a Israel en el pasado
- Cómo trata Dios a Israel en la actualidad
- Cómo tratará Dios a Israel en el futuro
DIVISION III: Aspectos prácticos, Capítulos 12 al 16: La justicia de Dios produce una justicia de orden práctica en el creyente
- La conducta del cristiano en relación con los creyentes y con la gente del mundo
- El creyente frente al gobierno y a la sociedad
El Tema y su Análisis
Es indudable que la Epístola a los Romanos constituye la declaración más científica del plan divino de la redención que plugo a Dios dar a los hombres. Dejando totalmente a un lado el asunto de su inspiración, podemos considerarlo como un tratado de inmensa trascendencia, de gran poder intelectual y que pone en fuga a las filosofías más brillantes concebidas por la mentalidad humana.
Es digno de notarse que el Espíritu Santo no escogió a un pescador indocto o a un galileo provinciano para desplegar toda la grandeza y majestuosidad de su plan de redención. Seleccionó a un hombre de perspectivas internacionales: a un ciudadano romano que era, a la vez, hebreo de hebreos; a un hombre cuya educación lo había familiarizado con la prosapia de la cultura griega y romana, que incluía historia, religión, filosofía, poesía, ciencias y música, además de los conocimientos minuciosos que tenía del judaísmo, tanto como revelación divina y cuerpo de las tradiciones rabínicas y las adiciones agregadas al depósito sacro de la LEY, los PROFETAS y los SALMOS. Este hombre, nacido en el altivo centro educacional de Tarso de Cilicia y educado en Jerusalén a los pies de Gamaliel, fue el vaso escogido para hacer conocer la obediencia a la fe y la gloria del evangelio del Dios bendito a todas las naciones, tal como se halla expuesto en esta carta inmortal.
Es evidente que fue escrita en algún lugar marcado por la trayectoria entre Macedonia y Jerusalén, probablemente en Corinto, como lo indica la tradición.
A punto de emprender el viaje que lo llevaría de Europa a Palestina para llevar la ofrenda provista por las iglesias gentiles para los judíos cristianos, que son hermanos suyos según la carne y en el Señor, el corazón del apóstol añora a Roma, "la ciudad eterna", la señora del mundo antiguo, donde ya existe una iglesia cristiana que no es el fruto directo de los trabajos del gran misionero. Un número de los miembros ya lo conocen; para otros es un desconocido, pero anhela verlos a todos como buen padre que es en Cristo, y desea vivamente compartir con ellos el tesoro precioso que le ha sido confiado. El Espíritu ya le ha indicado que la voluntad de Dios ha preparado un viaje a Roma para él, aunque las circunstancias y el momento no le han sido reveladas. Así es cómo escribe esta exposición del plan divino y la envía por medio de Febe, una mujer piadosa, diaconisa de la iglesia de Cencrea, que ha sido llamada a Roma para cumplir cierta misión. La carta sirve el doble propósito de presentarla a los cristianos de esa ciudad y de ofrecerles el desenvolvimiento maravilloso de la justicia de Dios revelada en el evangelio de acuerdo con el testimonio confiado a Pablo. ¡Pensemos en la gracia divina que confía este documento incomparable a las débiles manos de una mujer en tiempos como aquellos! Toda la Iglesia de Dios ha sentido una gratitud inmensa hacia Febe y hacia Dios que vigiló todo el asunto, por haber preservado el documento valioso que ella entregó a salvo en manos de los ancianos de Roma y, por ende, a nosotros.
El tema de la epístola es la justicia de Dios. Esta epístola forma parte de un trío inspirado de exposiciones que reunidas proporcionan una exégesis sorprendentemente rica de un breve pasaje del Antiguo Testamento. El texto aludido se encuentra en Habacuc 2:4: "El justo por su fe vivirá". Las tres cartas referidas son Romanos, Gálatas y Hebreos; cada una de ellas tiene como base este pasaje.
La epístola a los Romanos tiene que ver particularmente con las dos primeras palabras. Su mensaje, "EL JUSTO vivirá por la fe", contesta el problema que plantea el libro de Job: "¿Cómo se justificará el hombre con Dios?"
La epístola a los Gálatas expone la palabra central del texto: "El justo VIVIRÁ por la fe". El error de los Gálatas consistió en creer que la vida cristiana comienza con la fe y se perfecciona mediante las obras. El apóstol les demuestra que vivimos por medio de la misma fe que nos justifica. "¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?”
La carta a los Hebreos gira alrededor de las dos palabras finales del pasaje: "El justo vivirá por LA FE". Da énfasis a la naturaleza y poder de la fe, mediante la cual solamente camina el creyente justificado. Diré de paso que por esta única razón no abrigo la menor duda de que es paulina la epístola a los Hebreos, lo mismo que Romanos y Gálatas, después de haber examinado cuidadosamente los muchos argumentos que se esgrimen en su contra; y esta posición la confirma el apóstol Pedro en su segunda carta 3:15 y 16, porque es a hebreos convertidos a quienes escribe y a ellos Pablo también les había escrito.
La epístola a los Romanos puede dividirse fácilmente en tres grandes porciones.
- Los capítulos 1 al 8 son DOCTRINALES y ofrecen la Justicia de Dios revelada en el Evangelio.
- Los capítulos 9 al 11 son DISPENSACIONALES y tratan de la Justicia de Dios armonizada con su Tratamiento Dispensacional.
- Los capítulos 12 al 16 son DE ORDEN PRACTICO y ponen al descubierto que la Justicia de Dios produce en el creyente una justicia de Orden Práctico. Cada una de estas tres divisiones se subdivide en porciones menores y éstas en secciones y subsecciones.
Al someter el bosquejo que sigue, no hago nada más que ofrecerlo como sugerencia. Es posible que el estudiante meticuloso crea encontrar un plan más apropiado para cada una de las secciones, y es posible que le sea más fácil separar los varios párrafos en otro modo, pero yo sugiero el análisis siguiente como el que a mí me parece más sencillo y luminoso.
DIVISION I: DOCTRINAL (capítulos 1 al 8) — La justicia de Dios revelada en el Evangelio.
SUBDIVISION I (cap. 1:1—3: 20) — La necesidad del Evangelio.
Sección A (cap. 1:1-7) — Saludos.
Sección B (cap. 1:8-17) — Introducción.
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Subsección a (vers 8-15) — La mayordomía del apóstol.
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Subsección b (vers. 16-17) — Presentación del tema.
Sección C (cap. 1:18—3: 20) — Demostración de la impiedad e injusticia de toda la raza humana.
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Subsección a (cap. 1:18-32) — La condición degradante de los paganos, el mundo bárbaro.
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Subsección b (cap 2:1-16) — La condición de los gentiles cultos. Los moralistas.
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Subsección c (cap. 2:17-29) — La condición de los judíos religiosos.
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Subsección d (cap 3:1-20) — La totalidad de la acusación: abarca a todo el mundo.
SUBDIVISION II (cap. 3:21—5:11) — La relación que guarda el Evangelio con el problema de nuestros PECADOS.
Sección A (cap. 3:21-31) — La justificación por la gracia mediante la fe basada sobre una redención que ha sido terminada.
Sección B (cap. 4) — El testimonio de la ley y los profetas.
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Subsección a (vers. 1-6) — La justificación de Abraham.
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Subsección b (vers. 7-8) — El testimonio de David.
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Subsección c (vers. 9-25) — Para toda la humanidad sobre el mismo principio.
Sección C (cap. 5:1-5) — La paz con Dios: su base y los resultados.
Sección D (cap. 5: 6-11) — Resumen.
SUBDIVISION III (cap. 5:12—8:39) — La relación que guarda el Evangelio con el PECADO que mora en nosotros.
Sección A (cap. 5:12-21) — Las dos razas y las dos cabezas.
Sección B (cap. 6) — Los dos amos: el pecado y la rectitud.
Sección C (cap. 7) — Los dos esposos, las dos naturalezas y las dos leyes.
Sección D (cap. 8) — El triunfo de la gracia.
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Subsección a (vers. 1-4) — Ninguna condenación: en Cristo.
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Subsección b (vera. 5-27) — El Espíritu de Cristo en el creyente.
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Subsección c (vers. 28-34) — Dios en nosotros.
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Subsección d (vera. 35-39) — Ninguna separación.
DIVISION II: DISPENSACIONAL (capítulos 9 11) — La justicia de Dios armonizada con su tratamiento dispensacional.
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SUBDIVISION I (cap. 9) — Cómo trató Dios a Israel en el pasado en la gracia de elección.
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SUBDIVISION II (cap. 10) — Cómo trata Dios a Israel en el presente en la disciplina gubernamental.
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SUBDIVISION III (cap. 11) — Cómo tratará Dios a Israel en el futuro en cumplimiento de las escrituras proféticas.
DIVISION III: ASPECTOS PRACTICOS (cap. 1216) — La justicia de Dios produce una justicia de orden práctico en el creyente
SUBDIVISION I (cap. 12:1—15: 7) — Queda revelada la perfecta, buena y aceptable voluntad de Dios.
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Sección A (cap. 12) — La conducta del cristiano en relación con los hermanos creyentes y con la gente del mundo.
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Sección B (cap. 13) — La relación del creyente con los gobiernos del mundo.
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Sección C (cap. 14) — La libertad cristiana y la consideración hacia los demás.
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Sección D (cap. 15:1-7) — Cristo, el modelo del creyente.
SUBDIVISION II (cap. 15: 8-33) — Conclusión.
SUBDIVISION III (cap. 16:1-24) — Salutaciones. APENDICE (cap. 16: 25-27) — Epílogo: el misterio revelado.
Yo me permitiría subrayar a los estudiantes la importancia que tiene aprender de memoria el bosquejo que acabamos de apuntar, o algún otro análisis similar de la epístola, antes de estudiar la carta en sí, porque si no se fijan de un modo firme en la memoria las grandes divisiones y subdivisiones, se corre el riesgo de dejar la puerta abierta para que más tarde se infiltren interpretaciones falsas e ideas confusas. Por ejemplo: Muchas personas no se percatan que el problema de la justificación ha quedado resuelto en capítulos 3 al 5, y cuando llegan al capítulo 7 se muestran perplejas. Pero si se hubiera comprendido bien la enseñanza de los primeros capítulos, entonces se vería que el hombre que aparece en el capítulo 7 no pregunta nuevamente cuál es la posición del pecador delante de Dios, sino que está preocupado sobre el modo cómo el creyente santo debe comportarse en santidad. O cuantas almas se distraen casi por completo introduciendo problemas de caracteres eternos en el capítulo 9, que están totalmente fuera del pensamiento del escritor, y tratan de meter el cielo y el infierno en el pasaje como si ésos fueran los asuntos que están en juego, mientras Dios trata los grandes problemas dispensacionales de su soberana gracia electiva para con Israel, la repudia temporalmente como nación, a la vez que su gracia se vuelva de un modo especial hacia los gentiles. Menciono estos ejemplos en este momento para impresionar al estudiantado de la importancia que tiene el dominar "un bosquejo de conceptos sanos" cuando se estudia esta o aquella porción de la Biblia.
Me voy a permitir agregar una o dos sugerencias. A veces resulta útil el tener "palabras clave” que ayuden a fijar ciertas ideas en la mente. No ha faltado quien apodara muy apropiadamente a Romanos como "la epístola del foro", lo cual me parece muy útil, porque en esta carta el pecador es conducido a la sala de audiencias, o sea al foro, el lugar del juicio, y allí se le pone a prueba y se demuestra su culpabilidad total y que no le queda nada más que hacer; pero que, mediante la obra de Cristo, se ha tendido una base nueva sobre la cual puede quedar justificado de todas las inculpaciones formuladas contra él. Pero esto no es todo lo que Dios ha hecho. Dios reconoce abiertamente al pecador creyente como su propio hijo, lo constituye ciudadano de una raza favorecida y heredero suyo, y pregunta directamente a los objetores: "¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?" Toda voz silencia porque "Dios es el que justifica", y no a expensas de la justicia y la rectitud, sino de pleno acuerdo con ellas. Esta posición explica fácilmente el uso de términos legales y judiciales, tan frecuentes en la argumentación.
En cierta ocasión se le preguntó a un pecador moribundo si le agradaría salvarse. — Por supuesto — contestó, agregando con toda sinceridad: — pero no quiero que Dios haga algo que no debe hacer para salvarme.— Por medio de la carta a los Romanos supo cómo Dios puede ser "el justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús". Sin duda recordaréis cómo se expresó Sócrates quinientos años antes de Cristo. Dirigiéndose a Platón le dijo: —Es posible que la Deidad perdone los pecados, pero cómo lo hace, no lo sé —. Este es el problema que el Espíritu Santo trata de un modo tan amplio en esta epístola, y muestra que Dios no salva al pecador a expensas de su justicia. O sea dicho en otras palabras: si el pecador se salva, no es porque la justicia sea ladeada para que la misericordia triunfe, sino que la misericordia encuentra un camino por el cual la justicia divina queda plenamente satisfecha y el pecador culpable queda justificado ante el trono de Dios.
El apóstol Juan sugiere la misma verdad gloriosa cuando dice en su primera epístola 1: 9: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad". Si dijera: "El es misericordioso y grande en perdonar", nuestra mente pobre y finita encontraría el todo mucho más natural, antes de haber sido instruida divinamente por supuesto. Aunque el evangelio es el modo más maravilloso del desarrollo de la misericordia de Dios y exalta su gracia como ningún otro elemento puede hacerlo, con todo descansa sobre la base firme de la justicia que proporciona una paz tan estable al alma que cree a ese evangelio. Puesto que Cristo murió, Dios no puede ser fiel consigo mismo o justo con el pecador creyente, si condena todavía a quien confía en el que llevó sus pecados en su cuerpo en el madero de la cruz.
Es la justicia de Dios la que magnifica esta epístola a los Romanos y que fue lo que David exclamó cuando dijo: "Líbrame (o, sálvame) en tu justicia". Fue meditando sobre este versículo que el alma ensombrecida de Lutero comenzó a ver la luz esplendorosa del evangelio. El podía comprender que Dios lo condenara en su justicia, pero su alma encontró paz cuando vio que Dios puede salvarlo en su justicia también. Indecibles miríadas de almas han encontrado la misma liberación de esta misma perplejidad, porque han comprendido que la gloriosa justicia de Dios que se revela en el evangelio tiene su contraparte de que Dios salva y permanece justo. Si no llegamos a ver este punto mientras estudiamos la epístola, perderemos el gran propósito que tuvo Dios al dárnosla.
Todavía tengo otra idea que os deseo presentar y que me parece de suprema importancia para quienes tratan de presentar a otros el mensaje del evangelio. Es ésta: Que en Romanos tenemos el evangelio que es enseñado a los santos antes que el evangelio predicado a pecadores inconversos. A mí me parece que vale la pena recordar este detalle. Para salvarse basta solamente confiar en Cristo, pero para comprender nuestra salvación y obtener el gozo y las bendiciones que Dios quiere que poseamos, es preciso que la obra de Cristo sea desplegada ante nosotros. Esto es precisamente lo que el Espíritu Santo ha hecho en esta preciosa epístola. Fue escrita a personas que ya estaban salvadas para mostrarles los cimientos sólidos y firmes sobre los cuales descansa su salvación, es decir, la justicia de Dios. Cuando la fe apropia esta posición, toda duda y temor desaparecen y el alma entra en posesión de un gozo inefable.
División I: Doctrinal
Capítulos 1 al 8
LA JUSTICIA DE DIOS REVELADA EN EL EVANGELIO
Salutación e Introducción
Capítulo 1:1-17
Al comenzar el examen de esta epístola a razón de versículo por versículo, conviene que recordemos una vez más la verdad preciosa que está contenida en las palabras, "Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil" (2 Timoteo 3:16). Dios ha hablado por medio de su Palabra y la carta que vamos a analizar contiene uno de los mensajes más importantes que El ha dado a la humanidad. Convendrá, entonces, que acometamos el estudio en espíritu de oración y despojados de toda idea preconcebida para que Dios corrija nuestros pensamientos o, mejor todavía, los suplante con los suyos propios por medio desu Palabra inspirada.
Como ya lo hemos visto, los siete primeros versículos forman la salutación y demandan un examen minucioso, porque contienen verdades sumamente preciosas aunque presentadas aparentemente del modo más casual. Pablo, el escritor, se llama a sí mismo un siervo (literalmente, esclavo) de Jesucristo. Por supuesto, no quiere decir que su servicio sea el del esclavo sino de alguien que se da cuenta que debe la obediencia total del corazón porque ha sido "comprado por precio" mediante la sangre preciosa de Cristo.
Se cuenta la historia de un amo que estaba a punto de traspasar a un esclavo con una lanza, cuando un caballeresco viajero británico extendió el brazo para atajar el golpe, pero fue alcanzado por la temible arma. Mientras la sangre manaba de la herida, exigió la entrega del esclavo, alegando que él lo había comprado mediante su propio dolor, a lo cual el amo accedió aunque de mala gana. Cuando éste se alejaba, el esclavo se echó a los pies de su libertador y le dijo: —El que ha sido comprado con sangre es ahora el esclavo del hijo de misericordia y desde ahora le servirá con toda fidelidad—. El esclavo insistió en acompañar a su generoso libertador y se gozó en atenderlo en toda forma imaginable. Así es cómo Pablo y cada redimido llega a ser esclavo de Jesucristo. Hemos sido libertados para servir y bien podemos exclamar con el salmista: "Oh Jehová, ciertamente yo soy tu siervo, siervo tuyo soy, hijo de tu sierva; tú has roto mis prisiones" (Salmo 116:16).
Pero Pablo no sólo fue un siervo, un esclavo en el sentido general de la palabra, sino que lo fue en un sentido peculiar y exaltado. Fue llamado apóstol; no como dice la Versión de Valera, "llamado a ser apóstol". Las palabras "a ser" aparecen en letras cursivas y no son necesarias para completar el sentido de la frase. Puede parecer una pequeñez como para llamar la atención, pero lo cierto es que en el versículo 7 aparece la misma interpolación, solamente que en este caso descarría, como lo veremos más adelante.
No es preciso que pensemos en Pablo como uno de los doce. No faltan quienes ponen en duda el procedimiento del nombramiento de Matías (Hechos 1: 15-26), pero me parece que podemos considerar su elección por medio de la suerte como el último acto oficial de la vieja economía. Era necesario que el puesto fuera ocupado por alguien que hubiera sido compañero del Señor y de los discípulos desde el bautismo de Juan, cuyo lugar Judas perdiera, de modo que en los días gloriosos de la regeneración terrenal que generalmente llamamos Milenio, esté completo el número de los doce apóstoles del Cordero que han de sentarse en los doce tronos para juzgar las doce tribus de Israel. El ministerio de Pablo tiene un carácter distinto. El fue de un modo preeminente el apóstol de los gentiles, y a él le fue entregada especialmente "la revelación del misterio". Este detalle coloca su apostolado en un pie totalmente diferente al de los doce. Estos conocieron a Cristo sobre la tierra y su ministerio estuvo ligado de un modo bien definido con el reino y la familia de Dios. Pablo lo conoció primeramente como el Señor glorificado, y su evangelio fue, de un modo distintivo, el evangelio de la gloria.
Pablo fue "apartado para el evangelio de Dios", y podemos considerar tal separación, con toda justicia, desde varios puntos de vista. Fue separado para este ministerio especial desde antes que naciera. Como en el caso de Moisés, Jeremías y Juan el Bautista, fue separado desde el vientre de la madre (Gálatas 1:15), pero primero tuvo que aprender la debilidad y la nulidad de la carne. Más tarde Dios tuvo misericordia de él, lo separó de entre la muchedumbre que vivía sin Cristo y lo llamó mediante su gracia divina. Pero hubo más. Fue liberado, en un sentido muy especial, tanto del pueblo de Israel como de las naciones gentiles, para ser ministro y testigo de lo que había visto y oído. Y finalmente, estando en Antioquía de Pisidia (aparentemente se refiere a lo ocurrido en Antioquía de Siria, según Hechos 13:13. Nota del redactor) con Bernabé, los hermanos, de acuerdo a las instrucciones divinas, les pusieron las manos sobre ellos para que llevaran específicamente el evangelio a los gentiles que se encontraban más allá de los límites de sus fronteras. Este es el evangelio que aquí es llamado "el evangelio de Dios", en el versículo 9 es llamado "el evangelio de su Hijo" y en el 16 sencillamente "el evangelio".
El versículo 2 constituye un paréntesis e identifica el evangelio con las buenas nuevas prometidas en los tiempos del Antiguo Testamento y predichas por los profetas en las Sagradas Escrituras. "De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre". Timoteo había sido enseñado desde la niñez en las Sagradas Escrituras y el apóstol dice de ellas que "te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús".
El evangelio no es una ley nueva. No es un código de ética o de moral. No es un credo para ser aceptado. No es un sistema religioso al cual hay que adherirse. No es un conjunto de buenos consejos para ser seguidos. Es un mensaje divino que está relacionado con una Persona divina, el Hijo de. Dios, Jesucristo nuestro Señor. Este ser glorioso es verdaderamente Hombre y, sin embargo, verdaderamente Dios. Es el Renuevo que brotó de la raíz de David y, por lo tanto, verdaderamente hombre. Pero también es el Hijo de Dios, el que nació de la virgen y no tuvo padre humano, como lo demuestran sus obras maravillosas. El Espíritu de Santidad dio testimonio de tal poder cuando el Hijo de Dios trajo a la vida a personas que habían fallecido. La expresión que dice: "Por la resurrección de entre los muertos" es literalmente: "Por resurrección de personas muertas". Incluye su propia resurrección, por supuesto, pero también abarca la resurrección de la hija de Jairo, la del hijo de la viuda de Naín y la de Lázaro. Quien pudo así robar las presas a la muerte fue Dios y hombre en una misma Persona bendita y adorable, digna de toda adoración y alabanza, para el tiempo y para la eternidad.
De aquel Resucitado, Pablo recibió la gracia, no solamente como favor inmerecido sino aun opuesto al mérito, pues Pablo había merecido precisamente lo contrario. Recibió, además, el apostolado como llamado divino, para que hiciera conocer el evangelio a todas las naciones por medio de la obediencia a la fe que es por el nombre de Cristo.
Todo esto quiere decir que el apostolado de Pablo abarcaba a los que estaban en Roma. Hasta entonces no había podido visitarlos personalmente, pero su corazón deseaba verlos ardientemente como a los llamados en Jesucristo. Por eso, al escribirles, les dice: "A todos los que estáis en Roma, llamados santos". Obsérvese que eran santos del mismo modo que él era apóstol, vale decir, por llamado divino. No llegamos a ser santos porque actuamos como santos, pero siendo constituidos santos, debemos manifestar la santidad.
De acuerdo con la costumbre que tiene al escribir sus cartas, Pablo les desea gracia y paz del Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Como salvos por gracia en primer lugar, necesitamos gracia continuamente para que nos ayude en toda la trayectoria del camino. Como tenemos paz con Dios mediante la sangre de su cruz, necesitamos la paz de Dios para que guarde en paz el corazón mientras viaja hacia el descanso eterno que queda para el pueblo de Dios.
Los versículos 8 al 17 constituyen la Introducción que aclara los móviles que le impulsan a escribir.
Es evidente que varios años antes que el apóstol escribiera esta carta se había comenzado una obra de Dios en Roma, porque la fe de la asamblea cristiana de esta ciudad ya era conocida en todo el mundo, es decir, en todo el Imperio Romano. No existe ninguna evidencia que demuestre que esa obra cristiana estuviera conectada con las actividades apostólicas. Las Escrituras y la historia guardan silencio absoluto acerca de quién fundara la iglesia que estaba en Roma. Cierto es que no fue Pedro. No existe la razón más remota para conectar su nombre con ella. La jactancia de la Iglesia Católica Romana de estar fundada sobre Pedro como la roca y de que el obispo romano es el sucesor de Pedro, es una madeja que no tiene la menor consistencia. No tenemos ningún medio de saber si algún apóstol visitó la capital del Imperio hasta que Pablo mismo llegó a ella encadenado.
Parecería como si hubiera existido una razón providencial que impidiera que el apóstol arribara antes a Roma. Pone a Dios por testigo (a ese Dios a quien sirve no sólo en cuanto a lo externo sino en su espíritu, en el hombre interior, en el evangelio del Hijo de Dios) de que nunca dejó de orar por aquellos cristianos romanos desde el momento que tuvo noticias de ellos; y unido a las peticiones está su deseo sincero de que, si es la voluntad de Dios, pueda tener la oportunidad de visitarlos y de tener un próspero viaje. Sabemos que tal oración fue contestada de un modo totalmente distinto a lo que hubiéramos esperado, y nos ofrece una pequeña idea de que la respuesta a nuestras oraciones está condicionada por la soberana sabiduría de Dios. Nadie puede decir que le conviene tomar tal o cual camino. Los caminos son de Dios, no son nuestros.
Pablo desea verlos porque espera que pueda ser empleado por Dios para impartirles algún don espiritual que les ayude a ser establecidos en la verdad. No espera ser solamente una bendición para ellos, sino espera plenamente ser bendecido por ellos. Los dos habrían de ser bendecidos.
Muchas veces en el correr de los años pasados se había preparado para ir a Roma, pero los planes quedaron frustrados. El ansiaba conseguir algún fruto entre ellos como lo había obtenido en otras ciudades gentiles, porque se sentía deudor de toda la humanidad. El tesoro que le había sido confiado no era para su propio solaz sino para que lo compartiera con otros, ya fueran griegos o bárbaros, cultos o ignorantes. Así es que, dándose cuenta de eso, se sintió dispuesto a predicar el evangelio en Roma como en cualquiera otra parte.
Creo que cuando dice en el versículo 16, "No me avergüenzo del evangelio", significa mucho más de lo que la gente adjudica por lo general a tales palabras. No quiere decir simplemente que no tiene vergüenza de ser llamado cristiano, o de que está siempre dispuesto a declarar con denuedo su fe en Cristo; quiere decir que para él el evangelio es un plan maravilloso de la redención de la humanidad, porque es inspirado; un sistema de revelación divina que trasciende todas las filosofías de la tierra, y que él está siempre dispuesto a defenderlo en cualquier terreno. No es que él haya dejado de visitar a Roma porque no se sienta competente a presentar las pretensiones de Cristo en la metrópolis del mundo, como algunos podrían suponer, en una forma tal que no pueden ser rebatidas y repudiadas lógicamente por los filósofos cultos que abundan en la gran ciudad. No. El no teme que ellos puedan desmoronar con razonamientos sutiles lo que él sabe es el único plan autorizado de salvación. Es verdad que está más allá de la razón humana, pero no es ni ilógico ni irrazonable. Es perfecto porque viene de Dios.
Este evangelio ya se ha demostrado ser la dinámica divina que trae liberación a todo aquel que coloca su fe en él, ya sea el judío religioso o el griego culto. Que es el poder de Dios y la sabiduría de Dios en todo cuanto concierne a la salvación. Que soluciona cada necesidad de la mente, de la conciencia y del corazón del ser humano, porque en ese evangelio está revelada la justicia y rectitud de Dios que se acepta por medio de la fe. Yo entiendo que este es el significado cabal y exacto de esa frase un tanto obscura que ha sido traducida: "por fe y para fe". En realidad quiere decir: de lo que surge de la fe y va a la fe, o sea: basado en el principio de la fe para quienes tienen fe. También podemos poner esta idea en otra forma y decir que no es una doctrina de salvación que se opera por medio de obras, sino que es la proclamación de una salvación que se obtiene enteramente por el principio de la fe. Tal lo había declarado Habacuc siglos antes cuando Dios habló al profeta afligido y le dijo: "El justo por su fe vivirá".
Como ya lo hemos visto, este es el texto de toda la epístola. Y lo mismo sucede con las de Gálatas Y Hebreos. Proporciona la quintaesencia del plan divino. Dio descanso a millones de almas a través de los siglos. Es el fundamento de lo que se llama la teología Agustina. Es la llave que abrió a Martín Lutero la puerta de la libertad. Fue el grito de combate de la Reforma del siglo XVI,y es la piedra de toque, desde entonces, de todo sistema que pretende ser de Dios. Si estamos mal fundados en este punto, forzosamente lo estaremos en todos los demás. Es imposible comprender el evangelio si se entiende mal o se niega este principio básico. La justificación por la fe únicamente, es la prueba de la ortodoxia. Ninguna mente que no esté enseñada por el Espíritu Santo la recibe, porque este principio pone enteramente a un lado al primer hombre por carnal e inútil, a fin de que el Segundo Hombre, el Hombre del Consejo de Dios, el Señor Jesucristo, pueda ser el único exaltado. La fe rinde todo honor al Señor porque El es quien terminó la obra que salva y en quien solamente Dios es glorificado totalmente; en quien se mantiene la santidad de Dios; en quien quedan vindicadas su justicia y rectitud, y no por la muerte del pecador, sino por la salvación de todos los que creen. Es un evangelio digno de Dios y demuestra su poder por lo que efectúa en aquellos que lo reciben por la fe.
La Necesidad del Evangelio
Capítulos 1:18 al 3:20
Hemos visto que el evangelio revela la justicia de Dios. Pero ahora el apóstol procede a demostrar la necesidad que existe de tal revelación, y para ello apila texto sobre texto, evidencia sobre evidencia y escritura sobre escritura para probar el hecho solemne de que el ser humano no tiene justicia propia a qué apelar y que por naturaleza y de hecho es incapaz de servir a un Dios de santidad infinita cuyo trono está fundado sobre la justicia. Tal es lo que hace en la sección de esta epístola comprendida en los capítulos 1:18 al 3: 20. En forma magistral coloca a toda la humanidad ante el tribunal de Dios y demuestra que la condenación pende sobre todos por cuanto todos pecaron. El hombre es culpable, irremisiblemente culpable, y no puede hacer absolutamente nada para salir de tal condición. Si Dios no provee una justicia para él, está perdido.
Los versículos 18 al 32 del primer capítulo consideran la situación de los bárbaros. "Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad". La primera categoría corresponde al mundo pagano, la segunda a quienes han recibido la revelación divina. Por lo general los bárbaros y los paganos son impíos. No conociendo al Dios verdadero están "sin Dios en el mundo". Por lo tanto, su conducta se describe como impiedad.
Por otra parte, al judío le habían sido entregados el conocimiento de Dios y un código divino de justicia, y se gloriaba de poseerlos mientras caminaba en la injusticia. Y hasta mantuvo la verdad en injusticia, como si tuviera alguna clase de privilegio para hacerlo. Pero la ira de Dios se manifestó contra estos dos tipos de personas.
Los paganos no tienen excusa. El paganismo y la idolatría no son etapas de la evolución humana mientras el hombre pasa del cieno a la divinidad. El paganismo es un descenso, no un ascenso. Las grandes naciones paganas sabían más en el día de ayer de lo que saben en la actualidad. El conocimiento de Dios que desparramó el diluvio, abarcó a todo el mundo antiguo conocido. En los orígenes de todos los grandes sistemas paganos encontramos un monoteísmo puro. Pero los hombres no pudieron soportar este conocimiento íntimo de Dios porque les hizo sentirse incómodos en sus pecados, e inventaron una legión de divinidades y deidades menores para que sirvieran de intermediarios; y así, poco a poco, se fue desvaneciendo el conocimiento del Dios verdadero. Pero aun hoy la creación es su testigo permanente: "Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó."
La sucesión ordenada de las estaciones y la exactitud matemática del movimiento de los cuerpos celestes llevan estampado el testimonio de la Mente Divina, y el raudo correr de las estrellas proclama el poder y la grandeza del Creador, de modo que "las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas". La palabra griega poima, que aparece en el original, está vertida al español por medio de dos voces: "cosas hechas", y de este vocablo griego se deriva el nuestro poema. La creación es el gran poema épico de Dios, en el que cada parte encaja perfectamente con la otra como las líneas y estrofas de un himno majestuoso. En Efesios 2:10 encontramos nuevamente la misma palabra: "Porque somos hechura suya", es decir, la obra de sus manos, su poema, "creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas". Este es el poema más grande de Dios: el poema épico de la Redención. Estos dos poemas maravillosos son celebrados en los capítulos 4 y 5 del libro del Apocalipsis. En el 4 los santos entronizados y coronados adoran a Cristo como Creador; en el 5 lo adoran como Redentor.
Siguiendo el argumento del apóstol Pablo, notamos en los versículos 21 al 23 que las naciones bárbaras no tienen excusa por encontrarse en su situación de ignorancia y bestialidad. "Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles." Observemos los pasos descendentes de este tobogán de la idolatría: primero aparece Dios como un hombre idealizado, luego aparece como semejante a los pájaros que hienden los aires, más tarde como las bestias que recorren la tierra y finalmente como las serpientes y otros seres detestables, ya sean reptiles o insectívoros, que se arrastran sobre la tierra. Hasta los egipcios adoraban la serpiente y el escarabajo y, con todo, la mitología egipcia esconde la revelación original de un Dios vivo y verdadero. Todo esto implica una gran degradación por parte de una de las naciones más iluminadas de la antigüedad. Y otras revelan grietas parecidas de bajeza y deterioro.
Porque los hombres abandonaron a Dios, El los abandonó a su vez. En los versículos que siguen a los citados se menciona dos veces este hecho: "Dios los entregó" primero a la inmundicia y después a afectos viles y vergonzosos. Una vez se dice que "Dios los entregó a una mente reprobada". Las inmoralidades y vilezas que se narran en este pasaje son la resultante natural de haberse apartado el hombre del Santo Dios. No se crea que las tintas que describen las obscenidades indecibles del paganismo estén cargadas. Cualquier persona interiorizada con la vida de los pueblos idólatras lo sabe muy bien. Lo terrible de la situación es que toda esa vileza y degradación se reproduce en la alta sociedad moderna cada vez que los hombres y mujeres se apartan de Dios. Si la gente cambia la verdad de Dios en mentira y adora y sirve a la criatura en vez del Creador, viola todo el orden de la naturaleza, porque aparte del temor a Dios no existe poder conocido que ponga coto a las malas pasiones del corazón natural del hombre. Es parte misma de la naturaleza de las cosas que la carne manifieste sus peores aspectos una vez que Dios entrega a los hombres para que sigan los impulsos de sus lascivias depravadas.
Los versículos finales muestran el panorama de la humanidad apartada de Dios. El pecado y la corrupción triunfan por doquier. Es imposible encontrar justicia cuando el hombre da las espaldas a Dios y, cuando no tiene sensibilidad por los pecados que comete ni vergüenza por los malos caminos en que anda, se cumple aquellos de que "habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican".
El recorte que copiamos a continuación prueba a las claras que el cuadro del paganismo que pintó el apóstol Pablo perdura hasta el día de hoy: "En cierta ocasión un maestro chino le dijo a un misionero cristiano, que la Biblia no podía ser un libro tan antiguo después de todo, puesto que el primer capítulo de Romanos ofrece una descripción de la conducta china que debía haber sido trazada por algún misionero que conociera muy íntimamente las costumbres del pueblo. Este error de apreciación era explicable y constituye un excelente testimonio pagano de la verdad de la Biblia."
Los primeros dieciséis versículos del capítulo siguiente traen a colación el panorama de otra clase de gente: el mundo de la cultura y del refinamiento. ¡Es indudable que entre los educados, entre los seguidores de los varios sistemas filosóficos, habría gente que llevaría una vida tan justa que podría acercarse a la presencia de Dios para reclamar sus bendiciones, a base de su propia bondad! Es indudable que habría quienes pretendían mirar con disgusto y con horror la vida lasciva y sensual del populacho ignorante, pero ¿eran ellos más santos y más puros en su vida privada que aquellos a quienes condenaban sin piedad?
Ahora les toca también a éstos ser llevados ante la corte judicial donde el apóstol los alinea sin piedad frente al augusto tribunal de Aquel que "es justo y ama la justicia". "Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo. Mas sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad". La filosofía es incapaz de impedir que los adictos se complazcan en los deleites sensuales. El reconocimiento del mal no arbitra los medios para vencerlo. La cultura no limpia el corazón ni la educación altera la naturaleza humana; y el juicio de Dios será aplicado a quien hace el mal, de acuerdo a la verdad. Es posible que quien enaltece la virtud mientras practica el mal lo pase bien entre sus semejantes; pero no puede engañar a Aquel cuya santidad no tolera ni la sombra de una iniquidad.
Por eso el apóstol pregunta con toda severidad: "¿Y piensas esto, oh hombre, tú que juzgas a los que tal hacen, y haces lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios? ¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?" Los hombres tienen la tendencia a creer que Dios condona el modo como viven porque la sentencia contra su mal proceder no se ejecuta de inmediato, pero la verdad es que El espera pacientemente que los humanos hagan uso de la oportunidad de enfrentar sus pecados, reconozcan su culpabilidad y acepten la misericordia que se les ofrece. Pero los hombres, en vez de hacerlo y, de acuerdo con la dureza e impenitencia del corazón que no ha sido tocado por la gracia divina, "atesoran para sí mismos ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras".
¡Qué expresión tan solemne: "atesorando", o acumulando, apilando, "ira para el día de la ira”! Aquí viene muy bien el caso de aquella pobre mujer que, acosada porque creía en "la tontería del lago de fuego y azufre" porque "en ninguna parte se podría encontrar acumulada semejante cantidad de azufre", contestó con mucho criterio y solemnidad: "Es que cada cual carga consigo su propio azufre". ¡Eso es, exactamente! ¡Cada rebelde contra Dios, cada pecador contra la luz, cada violador de su propia conciencia lleva consigo su propia carga de azufre! ¡El mismo cava su propio destino!
Yo creo que sería propio que considerásemos a los versículos 7 al 15 como formando un paréntesis, porque tales versículos encierran grandes verdades de juicio que silencian para siempre al cavilante que está pronto para acusar a Dios de injusto por el hecho de que ciertas personas tienen luz y privilegios que otras no tienen.
En realidad el juicio será hecho "según verdad" y "conforme a las obras". Los hombres serán juzgados de acuerdo a la luz que han tenido, no por la luz que no han conocido. La vida eterna se ofrece a todos "los que perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e incorrupción". (Obsérvese que no es inmortalidad sino incorrupción; la distinción es de gran importancia.) Si fueran tales personas, probaría que existe una operación divina que se opera en el alma, pero ¿dónde está el hombre natural, es decir, el hombre sin conversión, que viva de tal manera? De modo que, "a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia", lo que les espera en el día del juicio es "ira y enojo, tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo’, ya sea el judío privilegiado o el gentil ignorante.
No es que Dios va a juzgar a todos los hombres sin discriminación. La luz que cada cual haya tenido será la norma para juzgarlos. Nadie podrá protestar, porque si cada hombre y cada mujer siguen la luz que pueden encontrar, tendrán luz suficiente como para que les guíe y lleguen a encontrar el camino de salvación. Si por medio de la luz de la razón los hombres comprenden la responsabilidad que tienen ante su Hacedor, El asumirá la responsabilidad de darles mayor luz para que alcancen la salvación del alma.
Dios no hace diferencia de personas. A mayores privilegios, mayores responsabilidades. Pero cuando los privilegios son relativamente pocos, Dios considera a los ignorantes con tanto interés y tanta compasión como a aquellos cuyas circunstancias visibles son tanto mejores.
"Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo laley han pecado, por la ley serán juzgados". No podríamos dar con un principio más sano. Los hombres son responsables por lo que saben o por lo que podrían saber si quisieran. No son condenados por su ignorancia, a menos que la ignorancia provenga del rechazo deliberado de la luz. "Los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas."
Los versículos formativos del paréntesis del 13 al 15 enfatizan el plan principal sentado de un modo tan definitivo. El juicio se efectúa de acuerdo con los hechos. Conocer la ley y no cumplirla, aumenta la condenación. Los hacedores de la ley serán justificados, si es que existen tales. En cambio, por otro pasaje sabemos que, desde este punto de vista, todos están perdidos, "ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de El". Los judíos se vanagloriaban de estar en posesión de los oráculos divinos y pensaban que este hecho los constituía en seres superiores ante las naciones gentiles que los rodeaban. Pero lo cierto es que Dios no se ha quedado sin testigos, porque a los gentiles les ha dado la luz de la conciencia y la luz de la naturaleza, de modo que muestran "la obra de la ley escrita en sus corazones". Obsérvese bien: no es que la ley está escrita en sus corazones, porque esto significa el nuevo nacimiento y es la bendición distintiva del Nuevo Pacto. Si la ley estuviera escrita allí, ellos cumplirían su justicia. Pero la obra de la ley es algo muy distinto. "La ley produce ira." Es un "ministerio de condenación", y los pecadores gentiles, que nunca han oído del código del Sinaí, sienten el peso de la condenación cuando viven violando los dictados de la conciencia que llevan implantada divinamente y que testifica en contra o en favor de ellos, "acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos". Esta es la prueba experimental de su responsabilidad y que Dios será justo al juzgarlos en aquel solemne día cuando el Hombre Cristo Jesús se sentará en el augusto tribunal de las edades para poner al descubierto los móviles secretos y los orígenes de la conducta. Esto, dice el apóstol Pablo, está "conforme a mi evangelio". Declara que el Crucificado estará sentado en el trono en el día del gran tribunal final. "Por cuanto Dios ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos" (Hechos 17: 31).
Sin duda alguna, los judíos habrán estado en un todo de acuerdo con lo que el apóstol escribía relacionado con la pecaminosidad y degeneración de los gentiles, ya fueran bárbaros o altamente civilizados. Los llamaban "perros" que estaban fuera del pacto abrahámico, "alejados de la ciudadanía de Israel". Y pensaban bien, porque los gentiles eran los enemigos de Dios y de su pueblo escogido. Pero con los hebreos no pasaba eso. Ellos eran los elegidos de Jehová, el pueblo escogido a quien Dios había dado su santa ley y favorecido con abundancia de bienes de su cuidado especial. Así razonaban, y olvidaban que el blasonar doctrinas correctas no sirve para nada si se pasa por alto o desprecia la rectitud y la justicia.
De pronto el apóstol cita al saduceo, mundano y orgulloso y al fariseo complaciente para que comparezcan en la corte de justicia, y los alinea junto a los despreciados gentiles. Los versículos 17 al 29 proporcionan el examen del pueblo escogido.
"He aquí — exclama —, tú tienes el sobrenombre de judío, y te apoyas en la ley, y te glorías en Dios, y conoces su voluntad, e instruido por la ley apruebas lo mejor, y confías en que eres guía de los ciegos, luz de los que están en tinieblas, instructor de los indoctos, maestro de niños, que tienes en la ley la forma de la ciencia y de la verdad" (versículos 17 al 20). En estas cláusulas magistrales el apóstol resume todas las pretensiones de sus compatriotas. Y al decir pretensiones no quiero decir presunciones. Estas eran las cosas en las cuales se gloriaban y en gran parte eran verídicas. Dios se había revelado a este pueblo como a ningún otro, pero estaban equivocados al suponer que este hecho los exceptuaba del juicio si no guardaban el pacto concertado con Dios. Mucho tiempo atrás El les había dicho: "A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades" (Amós 3:2).
El privilegio acrecienta la responsabilidad. No la hace a un lado, como ellos pensaban, al parecer. El conocimiento de los oráculos divinos proporcionó a los judíos una norma de justicia que los otros pueblos no tenían. Pero entonces ¡cuánto más santo debería haber sido el judío en su vida! ¿Fueron los israelitas más justos que las naciones que los rodeaban? Al contrario: fracasaron más miserablemente que aquellos que tenían menos luz y menos privilegios.
El Espíritu de Dios lleva al corazón de los judíos la verdad en cuanto a su condición actual, por medio de cuatro preguntas incisivas calculadas a exponer los secretos más íntimos del corazón de ellos, lo mismo que los pecados más escondidos de su vida. "Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo?" Tú, que te crees tan apto para instruir al ignorante, ¿no te has percatado de la enseñanza que imparte la ley? ¡No hay respuesta!
"Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas?" Todo el mundo antiguo consideró que el judío era el archiladrón que usaba cada artificio taimado conocido por los prestamistas y usureros y destinado a separar al cliente de su dinero. Es cierto que los gentiles desesperados caían voluntariamente en manos de los usureros judíos; pero también sabían que, al hacerlo, trataban con alguien que no pararía en mientes ni tendría compasión cuando el deudor era un odiado perro gentil. ¡Otra vez el judío permanece mudo!
"Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras?" Los atentados más graves contra el pudor no eran desconocidos en Israel, como dan testimonio los anales divinos y la historia. El mal se halla encastrado en la misma naturaleza del hombre. Del corazón brota la fornicación, la lascivia y cada acción inmunda. El judío es tan culpable como su vecino gentil. ¡No tiene nada que responder!
Es posible que la flecha más aguda esté encerrada en la última pregunta. "Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio?" Las palabras traducidas por "cometes sacrilegio" significan en realidad "traficar con ídolos". El judío era especialmente culpable de esta clase de ofensa. Aunque aborrecía las imágenes, era muy común que actuara como intermediario entre quienes querían deshacerse de los ídolos robados de los templos de los pueblos conquistados y quienes se mostraban dispuestos a comprarlos en otros distritos. Hasta se le acusaba de robar sistemáticamente los templos para luego negociar las imágenes. Esto fue lo que tuvo en mente el empleado del municipio de Efeso cuando dijo: "Habéis traído a estos hombres sin ser sacrílegos —o sea, robadores de templos— ni blasfemadores de vuestra diosa" (Hechos 19: 37). Esto era una estocada a fondo que puso al descubierto el carácter hipócrita de la persona que pretendiendo detestar la idolatría y todas sus obras, traficaba gananciosamente a expensas de los idólatras de un modo tan deshonesto.
Por eso el apóstol presenta tan tremenda acusación: "Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros." Esto ya lo habían declarado los profetas, y él no hace más que insistir en lo que las Escrituras y su propia conciencia confirman.
Confiar en la circuncisión, o sea la señal del pacto de Abraham, mientras se comportan de una manera tan carnal, es engañarse completamente. Las ordenanzas no sirven para nada si se descuida aquello que ellas representan. Si el gentil incircunciso camina delante de Dios en rectitud y justicia, será contado como circunciso, mientras que la marca del pacto practicada en el cuerpo del judío servirá solamente para hundirlo en la condenación, si es que vive opuesto a la ley.
Lo que vale para Dios es la realidad. El judío verdadero —y recuérdese que el vocablo "judío" es una contracción de "Judá" que significa "alabanza"— no es aquel que lo es por nacimiento natural o porque se conforma exteriormente a un ritual, sino quien tiene el corazón circuncidado, el que juzga su pecado en la presencia del Señor y que se esfuerza por vivir de acuerdo con la voluntad revelada de Dios, "la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios" (versículos 26 al 29 y observando el juego de palabras sobre. la voz "judío").
En los versículos 1 al 20 del capítulo 3 encontramos la gran inculpación: el resumen de todo cuanto se ha dicho hasta ahora. No existe distinción moral entre judío y gentil. Todos están desprovistos de rectitud y justicia. Todos están incluidos en el juicio, a menos que Dios provea una justicia propia para ellos.
Es evidente que el judío tiene ciertas ventajas sobre el gentil, la principal de las cuales es la posesión de las Sagradas Escrituras, o sean los oráculos de Dios. Pero estas mismas Escrituras acrecientan su culpabilidad, y aunque en realidad no tenga fe en esos escritos sagrados, su incredulidad no anula la fidelidad de Dios. El cumple su palabra aunque no sea más que en dejar a un lado al pueblo que había escogido para sí mismo. El tiene que permanecer fiel, aunque los demás no lo sean, pero en el juicio El mantendrá su rectitud y justicia, tal como David lo confiesa en el Salmo 51:14.
¿Quiere decir, entonces, que la injusticia del ser humano prepara el camino para que Dios despliegue su justicia? ¿Y es necesario que esto suceda? En tal caso el pecado forma parte del plan divino y el ser humano no es responsable por lo que hace. El apóstol rechaza indignado tal premisa. Dios es justo. El juzgará el pecado de los hombres con justicia, y no podría hacerlo si el pecado hubiera sido preordenado y predeterminado por El mismo. Si esto fuera así, el hombre tendría derecho a protestar y decir: "Si por mi mentira la verdad de Dios abundó para su gloria, ¿por qué aún soy juzgado como pecador?", y en tal caso estarían en lo correcto los que falsamente dicen que Pablo enseñó que "hagamos males para que vengan bienes". Pero la verdad es que todos cuantos así piensan revelan poseer principios morales deficientes. El juicio que les cuadra, es correcto.
En los versículos 9 al 20 aparece el veredicto instituido contra la raza humana. El judío no es mejor que el gentil. Todos por iguales son esclavos del pecado. Y el Antiguo Testamento confirma esta posición. El apóstol como eximio abogado, cita autoridad tras autoridad para probar su caso. Casi todas las citas provienen de los Salmos, aunque hay una del profeta Isaías. (Véase Salmos 14:13; 10: 7; Isaías 59: 7, 8; Salmo 36:1.) Estos son testimonios que el judío no puede pretender refutar, ya que vienen de sus propias Escrituras. La acusación incluye catorce puntos distintos, o sea el resumen de la evidencia.
1—"No hay justo, ni aun uno." Todos los seres humanos fallan en algún punto.
2—"No hay quien entienda." Todos los seres humanos son ignorantes recalcitrantes.
3—"No hay quien busque a Dios." Todos los seres humanos buscan lo suyo.
4—"Todos se desviaron." Todos los seres humanos dan las espaldas a la verdad deliberadamente.
5—"A una se hicieron inútiles." Todos los seres humanos deshonran a Dios en vez de glorificarle.
6—"No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno." Sus prácticas son malas; no siguen lo que es bueno.
7—"Sepulcro
abierto es su garganta", debido a la
corrupción que hay dentro de ellos mismos.
8—"Con su lengua engañan." La mentira y el engaño son característicos de esta gente.
9—"Veneno de áspides hay debajo de sus labios." Es el veneno que inyectó al principio en la naturaleza humana "la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás".
10—"Su boca está llena de maldición y de amargura", porque "de la abundancia del corazón habla la boca".
11—"Sus pies se apresuran para derramar sangre." El odio engendra el crimen, y ¡en cuántas formas se manifiesta!
12—"Quebranto y desventura hay en sus caminos", porque se han olvidado de Dios, la fuente de la vida y de toda bendición.
13—"Y no conocieron camino de paz", porque han acogido deliberadamente los caminos de muerte.
14—"No hay temor de Dios delante de sus ojos." Por lo tanto, carecen de sabiduría.
¿Puede algún ser humano pretender ser inocente ante semejantes acusaciones? Si se atreve a hacerlo, que hable. Pero ningún ser humano puede hacerlo honradamente. Por eso el apóstol concluye diciendo: "Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado" (versículos 19 y 20).
Es Dios mismo que vuelve a decir, como en los días de Noé: "He decidido el fin de todo ser". "Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios." "La carne para nada aprovecha." ¡Qué duro le resulta al hombre natural, al hombre sin conversión, el desprenderse de toda pretensión de rectitud y justicia y humillarse hasta el polvo, juzgándose y arrepintiéndose delante de Dios! Pero entonces se encuentra precisamente donde la gracia divina puede alcanzarlo.
Ya vimos que la ley fue dada a un pueblo especial, lo que quiere decir que los componentes de ese pueblo estuvieron "bajo la ley", y ya se nos ha dicho en el capítulo 2:1214 que los gentiles no estuvieron bajo esa ley. ¿Cómo, pues, aparece todo el mundo culpable delante de Dios como consecuencia del fracaso de quienes estaban bajo la ley? Una ilustración ayudará a despejar la idea. Supongamos que un hombre es dueño de una estancia árida de gran extensión y que se le informa que no es apta ni para el pastoreo ni para la siembra. Que luego cerca cinco hectáreas, rompiendo la tierra con el arado, que la rastrilla, que la fertiliza, que la siembra y cultiva Y que al final recoge cactos y abrojos. Y no vale la pena probar el resto del terreno porque todo es igual, de modo que el dueño llega a la conclusión de que no sirve para nada, en lo que respecta a la agricultura. Israel es las cinco hectáreas de Dios. Les dio la ley, los instruyó, los disciplinó, los amonestó, los constriñó, los protegió y les envió su propio Hijo, a quien rechazaron y crucificaron. En este acto los gentiles se les unieron. Todos quedaron bajo el juicio de Dios. No vale la pena someterlos a otras pruebas. La carne no puede producir fruto aceptable a Dios. El ser humano está corrompido sin remedio. No solamente es culpable sino que es totalmente incapaz de cambiar su situación. Y la ley no hace más que agravar su culpabilidad. No puede justificarlo. Lo que hace es condenarlo.
¡Cuán desastroso y desolador es este cuadro! ¡Pero es el lóbrego y sombrío telón de fondo contra el cual Dios desplegará las riquezas de su gracia en Cristo Jesús!
El Evangelio en Relación con Nuestros Pecados
Capítulos 3: 21 al 5:11
Con un gran alivio en el alma podemos dejar atrás la triste historia del pecado y la vergüenza del hombre, para contemplar la gracia maravillosa de Dios, que es el remedio divino que se aplica a la ruina que la caída del ser humano introdujo en el mundo. La presentación de estas buenas nuevas consta de dos partes: primero despliega al evangelio en lo que tiene que hacer con el problema de nuestros pecados y, una vez que éste está resuelto, encara el asunto de qué hacer con nuestro pecado, con el pecado como principio, con el pecado en la mente carnal que es el que domina en toda persona sin salvación, sin regeneración. La porción de Romanos 3:21 al 5:11 abarca ampliamente el primer aspecto, y es el que hemos de considerar en seguida.
"PERO AHORA" —exclama el apóstol. Es decir, cambia de tema. Ahora que ha trazado el retrato del ser humano, Dios entra en acción. Ahora, después de demostrar la injusticia de toda la humanidad, "se ha manifestado la justicia de Dios". Ya lo había dicho el Señor en los tiempos antiguos: "Haré que se acerque mi justicia".Esta no es, en sentido alguno, una justicia forjada a lo legalista, tal como la que el hombre no puede cumplir con Dios. Se trata de una justicia "sin la ley", esto es, apartada totalmente de todo principio de obediencia humana a un determinado código divino de ordenanzas morales. Es una justicia de Dios para los hombres injustos, y no depende en manera alguna de los méritos o éxitos que el ser humano pueda conseguir.
La justicia de Dios es un término que tiene un alcance muy vasto. En este caso significa la justicia que Dios mismo provee: una plataforma perfecta para hombres culpables por quienes Dios mismo se hace responsable. Si los hombres han de salvarse, tiene que ser en base de la justicia, pero de ésta el ser humano se halla total y completamente desprovisto. Por consiguiente Dios tiene que encontrar el medio por el cual queden satisfechos todos los requisitos de su trono y los pecadores culpables justificados en todo sentido. La misma naturaleza de Dios exige que todo esto no ha de cumplirse a expensas de su justicia sino totalmente de acuerdo con ella.
Y esto es lo que estuvo en la mente de Dios desde un principio. La ley y los profetas dan testimonio de ello. Moisés lo describe en muchos tipos notablemente hermosos. Las pieles de los animales sacrificados con las cuales fueron cubiertos nuestros primeros padres, las víctimas que eran sacrificadas y aceptadas en beneficio de los ofrendantes, el simbolismo maravilloso del Tabernáculo, todos eran tipos que descubren la historia de la justicia que Dios proveyó para el pecador injusto que se vuelve a El por medio de la fe. Los profetas, igualmente, empalman la misma historia. Predicen la venida del Justo que habría de morir para llevar a los hombres injustos a Dios. "Líbrame en tu justicia —exclama David—. Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve." "El nos vistió con vestiduras de salvación, nos rodeó de manto de justicia", dice Isaías, porque "el castigo de nuestra paz fue sobre él", quien "fue herido por nuestras rebeliones". "Este será el nombre —exclama Jeremías— con el cual le llamarán: Jehová, justicia nuestra". "Y os salvaré de todas vuestras inmundicias", es la promesa que ofrece por medio de Ezequiel. El ángel Gabriel anticipa a Daniel la realidad de "la reconciliación para destruir la iniquidad" y la introducción de "la justicia que será eterna". Los llamados Profetas Menores hacen sonar la misma nota y anticipan la llegada de El Que Vendrá y aparejará la salvación para todos los que se arrepientan, el Siervo de Jehová, que será el Pastor herido por causa de la redención del hombre. "De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre" (Hechos 10: 43).
La justicia de Dios es una justicia que se obtiene "por medio de la fe", no por medio de las obras. La fe significa creer lo que Dios dice. Porque El ha enviado un mensaje para que el ser humano lo crea. Es la oferta de una justicia intachable para todos, pero es válida solamente para todos los que creen. Dios ofrece libremente su justicia a todos. Es lo que cubre a todos los que creen, y a ellos solamente. Todo ser humano la necesita, "por cuanto todos pecaron". Sobre este punto no existe ninguna duda. Ningún ser humano ha llegado jamás a la altura moral y espiritual que Dios exige; pues todos "están destituidos de la gloria de Dios". Pero Dios no busca méritos en el hombre. Ofrece su justicia libremente, como un don. De aquí que leemos: "Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús" (vers. 24).
Estar justificado es ser declarado justo. Es la sentencia del juez en favor del reo. No es un estado o condición del alma. No somos justificados por el hecho de que hemos llegado a ser justos de corazón y en la vida. Dios justifica primero, luego habilita a la persona justificada para que ande en caminos de rectitud. Somos justificados gratuitamente. El vocablo significa "sin precio". Es el mismo que emplea Juan 15: 25 cuando dice: "Sin causa me aborrecieron". En las palabras o procedimientos de Jesús no hubo absolutamente nada para que la gente lo odiara. Lo odiaron gratuitamente. De la misma manera, en el ser humano no hay nada bueno para que Dios lo justifique. Lo justifica gratuitamente sin que exista una causa, cuando cree en el Señor Jesucristo.
Todo esto es "por gracia". La gracia no es meramente favor inmerecido. La gracia es el favor en contra del mérito. No es solamente la bondad de Dios que se manifiesta en favor de hombres que no hacen nada para merecerla, sino que es el favor divino ofrecido a hombres que merecen todo lo contrario. "Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia."
"La gracia de Dios revelada
En Cristo Jesús el Señor,
Al mundo perdido presenta
De Dios su infinito favor."
Dios debe contar con una base justa y satisfactoria para ejercitar la gracia en rectitud a pecadores que admiten ser tales. El pecado no puede ser pasado por alto. Tiene que ser expiado. Esto se ha efectuado "mediante la redención que es en Cristo Jesús". La redención es un rescate. Los malos caminos del hombre han hipotecado su vida. Está vendido bajo juicio. Cristo, el Santo —Dios y Hombre en una gloriosa Persona contra quien la ley violada no tiene ningún reclamo— tomó el lugar del rebelde inculpado, satisfizo la pena máxima y redimió de la ira y de la maldición al pecador creyente que se había vendido a sí mismo a esa ira y a esa maldición. Además, Aquel que murió vive otra vez y El mismo es la propiciación permanente, es decir, el lugar donde Dios puede encontrarse con el hombre mediante la sangre expiatoria de Cristo, a la disposición de aquel que cree. El apóstol alude claramente a la sangre rociada en el propiciatorio del arca del pacto antiguo. Las tablas de la ley estaban dentro del arca. Encima se encontraban los querubines, "justicia y juicio", la habitación del trono de Dios. Siempre estaban listos, simbólicamente hablando, como para saltar del trono para ejecutar la justa ira de Dios contra los violadores de su ley. Pero sobre el propiciatorio está la sangre rociada que tipifica el sacrificio de la cruz. La justicia y el juicio no exigen más. "La misericordia triunfa sobre el juicio" porque Dios mismo encontró un rescate.
El problema del pecado no estuvo resuelto realmente hasta que el Señor Jesús sufrió por el pecado, el Justo por los injustos para llevarnos a Dios. "Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados". De modo que todas las personas piadosas del Antiguo Testamento fueron salvadas "a cuenta", como diríamos en nuestros días. Una vez que Cristo murió, la cuenta quedó cerrada y Dios manifiesta la justicia omitiendo los pecados de las edades pasadas en que los hombres se volvieron a El por medio de la fe. El versículo 25 no se refiere a nuestros pecados, sino a los de los creyentes de los tiempos anteriores a la crucifixión. Ahora que la obra está terminada, Dios declara su justicia en esta época, demostrando en qué forma es justo y sin embargo justifica al pecador impío que cree en Jesús. Esta posición no da lugar a que el hombre haga alardes de ninguna clase sino que debe abatirlo en la vergüenza y contrición cuando piensa en el precio que su pecado costó al Salvador, y llenarlo de alabanza gozosa al contemplar la gracia divina que efectuó tan maravillosa salvación. La misma naturaleza del asunto excluye totalmente todo mérito humano. La gracia divina efectúa la salvación por medio de la fe. "Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley." Esto abarca al gentil sin ley lo mismo que al judío violador de la ley. El mismo evangelio es para todos. El Dios que es Creador de todos no pasa a nadie de largo. Justifica al circunciso por medio de la fe, no por el ritual, e igualmente al gentil incircunciso, también por la fe.
¿Invalida esto o ignora a la ley? De ninguna manera. La ley condena a quien la quebranta y exige venganza. Como Cristo llevó todo esto, la majestad de la ley queda en pie y, con todo, los pecadores se salvan.
"Satisfizo él la demanda
Que Dios en la ley dictó,
Cuando diose por ofrenda
Y con sangre nos compró.
Todo ha consumado ya
Y Dios satisfecho está."
En el cuarto capítulo procede a demostrar, por medio de Abraham y de David, cómo todo esto fue testimoniado por la ley y los profetas. Toma a Abraham del Pentateuco, los libros de la ley, y a David de los Salmos, que están unidos a los profetas.
¿Qué vemos en Abraham? ¿Se justificó delante de Dios por medio de sus obras? En tal caso, hubiera tenido de qué gloriarse de que con toda justicia hubiera merecido la aprobación divina. ¿Pero qué dice la Escritura? En Génesis 15: 6 leemos que Abraham "creyó a Jehová, y le fue contado por justicia". Este es precisamente el principio en que el apóstol insiste y explica tan claramente.
Conseguir la salvación por medio de obras significa constituir a Dios en deudor. Contraería una deuda con quien tuviera éxito en salvarse. Pero esto es exactamente lo contrario a la gracia, que es misericordia "al que no obra, sino cree en Aquel que justifica al impío". Es la fe la que es contada como justicia, y a ella Abraham da testimonio. David canta igualmente la bendición del hombre a quien Dios imputa la justicia sin obras, porque dice en el Salmo 32: "Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado". En la versión hebrea del salmo, la palabra "cubiertos" significa "expiados". Esto es el evangelio. La expiación ha sido consumada; por consiguiente Dios no imputa el pecado a quien confía en su Hijo, sino que, al contrario, le imputa justicia.
Martín Lutero llamó al Salmo 32 "un salmo paulino". Enseña con palabra inconfundible la doctrina gloriosa de la justificación, separada de todo mérito humano. La no imputación del pecado equivale a la imputación de justicia. Agustín de Hipona hizo pintar esas palabras en un tablero que colocó al pie de la cama para que sus ojos moribundos pudieran posarse en ellas. A muchísimas miríadas de personas han traído también paz y gozo al saber que sus transgresiones han sido perdonadas y se ha hecho expiación por su pecado, tal como se desprende del significado verdadero de la palabra "cubiertos" del Antiguo Testamento.
Esta bendición no fue, ni es, para unos pocos solamente; se ofrece gratuitamente a todo ser humano. La fe fue imputada a Abraham por justicia cuando pertenecía al mundo gentil y antes que se le practicara el signo de la circuncisión en la carne. Fue un sello de algo que es realmente verdad, como en el caso del bautismo cristiano. Fue ordenado a circuncidarse porque estaba justificado. En el correr de los siglos los judíos han llegado a considerar de mayor importancia la señal que la fe. La gente siempre exalta lo visible a expensas de lo invisible.
Abraham es llamado "padre de la circuncisión" porque la ordenanza tuvo su origen en él. Pero él no es padre solamente de los que son de la circuncisión literalmente, sino de todos cuantos no confían en la carne, de todos los que la consideran débil y sin valor y que, como Abraham, confían en el Dios viviente.
La promesa de que Abraham heredaría el mundo no le fue dada "por medio de la ley", esto es, no fue una recompensa al mérito, algo que él había ganado por medio de la obediencia. No. Estuvo basada en la gracia soberana. Por lo tanto, su justicia, igual que la nuestra si creemos, era "una justicia por medio de la fe". Los herederos de la promesa son quienes la aceptan con la misma fe; de otro modo quedaría totalmente invalidada. Es una promesa incondicional.
La ley prometía bendiciones a la obediencia y denunciaba juicios contra la desobediencia. Nadie la cumplió. De ahí que "la ley produce ira". Maldecía, no podía bendecir. Intensificó el pecado dándole carácter de transgresión, constituyéndolo en la violación deliberada de una ley conocida. No podía ser el medio de obtener lo que se daba gratuitamente.
La promesa de bendiciones por medio de la Simiente —la cual es Cristo— es por medio de la fe para que pueda ser de gracia, y así queda "asegurada" a toda la simiente, vale decir, a todos los que tienen fe. Todos los tales son "de la fe de Abraham". Por eso es el padre de todos nosotros los que creemos en Jesús. Y así se cumple la palabra que dice: "Te he puesto por padre de muchas gentes". Obsérvese que estas palabras aparecen en paréntesis. La frase "delante de Dios, a quien creyó", sigue adecuadamente a la que dice: "el cual es padre de todos nosotros". Todo esto quiere decir que Abraham, aunque no es literalmente nuestro padre por generación natural, es el padre de todos los que creen ante la presencia de Dios. La misma fe los caracteriza a todos.
Dios es Dios de resurrección. El opera cuando la naturaleza es impotente. Así intervino en el caso de Abraham y Sara en un período cuando ninguno de los dos podía ser ya los padres de una criatura.
Así intervino cuando resucitó a Cristo, la Simiente verdadera, trayéndolo al mundo primeramente contra la naturaleza, de una madre virgen, y luego levantándole de entre los muertos. Abraham creyó en el Dios de la resurrección y no titubeó ante la promesa divina, aunque el cumplimiento le habrá parecido imposible. ¡A Dios le agrada realizar imposibles! Cumple lo que promete. Completamente persuadido de esto, Abraham creyó a Dios y le fue imputado por justicia. Nosotros somos llamados de la misma manera a creer en Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos, nuestro Señor. El, mediante la gracia infinita, fue entregado a la muerte para que efectuara la expiación de nuestras ofensas y, una vez terminada la obra a entera satisfacción de Dios, fue resucitado para nuestra justificación. Su resurrección importa la prueba de la aprobación de Dios. La justicia divina queda apaciguada. La santidad de Dios está vindicada. La ley ha sido establecida. Todo esto quiere decir que el pecador que cree es declarado justificado de todo su pasado. Tal es el testimonio del capítulo 4.
Los primeros once versículos del capítulo 5 ofrecen un resumen maravilloso del asunto tratado y concluyen el acápite que han comenzado. La palabra "pues" quiere decir: en vista de todo cuanto se halla establecido de un modo firme. "Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo." Algunos prefieren traducirlo: "tengamos paz". Pero es evidente que así se debilita toda la fuerza del argumento. La paz, en la forma que se emplea en este pasaje, no es un estado de ánimo o del corazón. Es la situación que prevalece entre dos personas que han estado enemistadas. El pecado perturbó las relaciones entre el Creador y la criatura y se abrió un abismo que ningún hombre pudo remediar. Pero la sangre de la cruz de Cristo efectuó la paz. Ya no existen barreras. La paz con Dios es un estado permanente que disfruta cada creyente. El problema del pecado está resuelto. Si la paz ha sido establecida es porque ya no hay guerra. "No hay paz para los impíos", dice el Señor. Pero Cristo "hizo la paz"; sí, "él es nuestra paz". Lo creemos y tenemos paz para con Dios.
Podríamos decir: "Gocemos paz con Dios". Pero decir: "Tengamos paz con Dios", resulta absurdo. Tenemos la paz. Es asunto terminado. Dios la hizo, no nosotros.
"La paz de Dios" es otra cosa, tal como aparece en Filipenses 4: 6, 7. Esa es la paz experimental. Es la porción permanente de todo aquel que aprende a echar todas las ansiedades y cuidados en El, quien lleva el peso de todas las cargas.
Ver la distinción y comprenderla realmente con fe, es de suma importancia. Hasta que el alma comprenda que la paz efectuada por la sangre de la cruz de Cristo es eterna e imperturbable, aunque la propia experiencia pueda variar debido a fracasos personales o falta de una fe apropiadora, jamás tendrá la certidumbre de su salvación final.
Pero cuando sé que esta paz no se basa en mis propios esfuerzos o sentimientos sino en una redención que está completada, tengo acceso consciente por medio de la fe a esta gracia en la cual permanezco firme. Estoy parado en la gracia, no en mis propios méritos. He sido salvado por gracia. Sigo viviendo por la gracia. Seré glorificado por la misma gracia. La salvación es de Dios desde el principio hasta el final, por consiguiente es toda de gracia. Este es el cetro áureo que ofrece el Rey de Gloria a quien quiera acercarse a El por medio de la fe.
Obsérvese que en este versículo 2 del capítulo 5 tenemos el acceso y la situación o posición. El acceso está basado en la situación, no en el estado del creyente, y es preciso distinguir los términos con sumo cuidado. En Filipenses leemos muy a menudo acerca de "vuestra condición", y Pablo estaba muy preocupado por el problema. Jamás tuvo temor sobre la situación o posición de los hijos de Dios. Este es un asunto eternamente terminado.
La situación se refiere al lugar nuevo que yo ocupo delante del trono de Dios como pecador justificado por la gracia divina y por la resurrección de Cristo, alejado para siempre del juicio de Dios. La condición del alma es su experiencia. La situación nunca varía pero la condición puede ser fluctuante y depende de la medida en que el creyente camino con Dios. La situación siempre es perfecta porque está medida por la aceptación de Cristo. En El el creyente es aceptado. "Como él es, así nosotros en este mundo". Pero mi condición será buena o mala según que yo camine de acuerdo con el Espíritu o de acuerdo con la carne.
Mi situación delante de Dios me habilita para penetrar conscientemente hasta el lugar santísimo, como pecador lavado, y presentarme en oración ante el trono de la gracia con toda libertad. Antiguamente Dios dijo con toda severidad: "Quedaos lejos y adorad". El pacto legal no conoció el acceso a Dios. Dios estaba oculto; el velo no había sido rasgado aún. Ahora todo ha cambiado y se nos insta a llegarnos "con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura".
"Jesús murió; su sangre abrió la entrada
Dentro del velo, celestial lugar,
En donde el alma, ya purificada,
Cerca del Padre pudiese llegar.
Por Cristo entrando, nada allí tememos;
Su gloria no nos puede anonadar:
En luz estamos y permanecemos
Firmes, tranquilos y sin desmayar."
Así es cómo nos regocijamos en la esperanza de la gloria de Dios. Es esperanza —no incertidumbre—pero esperanza que está segura y cierta, porque se basa en la obra terminada del Cristo de Dios y de un Sacerdote que está sentado a la diestra de la Majestad en las alturas. La gloria está asegurada para todos los justificados por la fe, de modo que tenemos paz para con Dios.
Pero antes de llegar a la gloria tenemos que hollar las arenas del desierto. Esta vida presente es el lugar de prueba. Aquí aprendemos acerca de los recursos infinitos de nuestro Dios maravilloso y somos preparados para la gloria en medio de tribulaciones, contrario a todo lo que pueda parecer al respecto al hombre natural. La tribulación es el trillo designado divinamente que separa el trigo de la paja. En el sufrimiento y en el dolor aprendemos que no valemos nada y descubrimos la grandeza del poder que ha tomado la responsabilidad de sacarnos a flote. Estas lecciones jamás podríamos aprenderlas en el cielo. "La tribulación produce paciencia", si es que la recibimos como proveniente de nuestro amoroso Señor y reconocemos que es para nuestro bien. De la paciencia que todo lo soporta surge la fragante experiencia cristiana. Así es como el alma aprende el modo maravilloso que Cristo sostiene en toda circunstancia. Y la experiencia se convierte en la esperanza que, al mismo tiempo que despega el corazón de las cosas terrenales, lo acerca a las escenas celestiales hacia las cuales se dirige.
Así que, "la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado." Esta es la primera vez que se cita al Espíritu Santo en esta epístola. En el primer capítulo se habla del "Espíritu de santidad" en conexión con la obra de. Cristo y su resurrección, pero no se menciona para nada la obra del Espíritu en el creyente hasta que el alma tiene la posesión de la paz obtenida por la obra terminada de Cristo. Esto es de suma importancia. No soy salvo por lo que transcurre dentro de mí; soy salvo por lo que el Señor Jesús hizo por mí. Pero el Espíritu me sella cuando creo al evangelio, y por la permanencia del Espíritu Santo en mí el amor de Dios es derramado en mi corazón.
Si confío en mi propio reconocimiento de la obra del Espíritu Santo en mí, como base de mi seguridad, cometo un grave error. La seguridad se basa en la palabra de verdad del evangelio. Pero, al creer, recibo el Espíritu Santo. El capítulo 8 trata extensamente este problema, corroborando la evidencia. "Sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos."
Los versículos 6 al 11 constituyen una sección aparte, que resume todo cuanto se ha dicho anteriormente, antes que el apóstol continúe en la sección siguiente la segunda fase del evangelio, vale decir, lo relacionado con nuestro PECADO.
Cuando Dios, en su gracia, dio a su Hijo, quien murió en lugar de pecadores impíos en quienes no había ninguna clase de méritos, nos encontrábamos impotentes, sin fuerzas.
Los hombres no procedemos así. En realidad de verdad muy pocos habría que morirían voluntariamente en lugar de una persona honesta, honrada, reconocida como tal, y mucho menos por un perverso. Es posible que alguno quisiera morir por un hombre bueno y benevolente que hubiera ganado el corazón de la gente por su bondadoso comportamiento. "Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros", cuando no éramos ni justos ni buenos, y así llegó a ser el Substituto de los rebeldes culpables. De modo que, si el amor divino entregó al Hijo para que muriera en la cruz mientras éramos viles y estábamos perdidos, podemos sentirnos perfectamente seguros de que, puesto que hemos sido justificados por su sangre, El jamás permitirá que seamos llevados a juicio. "Por él seremos salvos de la ira."
Este capítulo ha sido llamado "el de los cinco mucho más"; el primero de ellos aparece en el versículo 9. "Mucho más" —exclama el apóstol—, libres de toda culpa alcanzada por la sangre del lijo de Dios, estamos para siempre fuera del alcance de la venganza divina contra el pecado.
La segunda mención del término aparece en el versículo 10: "Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida". Quienes interpretan que este pasaje se refiere a la vida terrenal de nuestro bendito Señor, están enceguecidos. Esa vida —pura y santa como fue— jamás podría haber salvado a un solo pecador. Es su muerte la que hizo la expiación de nuestros pecados. Aún el amor de Dios, expresado enforma tan completa en la vida de Jesús, extrajo del corazón humano únicamente el veneno del odio. Es la muerte de Cristo la que destruye la enemistad. Cuando yo me doy cuenta que. El murió por mí, quedo reconciliado con Dios. El odio estaba todo de mi parte. No había ninguna necesidad de que Dios se reconciliara conmigo. Pero yo necesitaba la reconciliación y la encontré en la muerte de. Cristo; pero como es un hecho consumado, yo sé de modo ciertísimo que soy "salvo por su vida". Es el Señor quien dice: "Porque yo vivo, vosotros también viviréis". Habla, por supuesto, de su vida resucitada.
"Por lo cual puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos." El Cristo viviente a la diestra de Dios, es la garantía de mi redención eterna. El vive para abogar nuestra causa, para librarnos de todas las dificultades que surgen en el camino y conducirnos finalmente salvos al hogar del Padre celestial. Estamos ligados en el mismo manojo de vida que El, aunque éste es el tema de la última parte del capítulo y está relacionado con el segundo aspecto de la salvación.
Asegurados para el tiempo y para la eternidad,"nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación" (versículo 11). No somos nosotros quienes recibimos la reconciliación, sino Dios. Nosotros la necesitábamos para ofrecer una expiación por nuestros pecados, porque éramos incapaces e impotentes para hacerlo. Cristo lo hizo por nosotros, ofreciéndose a Dios sin mancha delante de El. Es Dios, pues, quien acepta la expiación, y nosotros que en un tiempo éramos "extraños y enemigos en nuestra mente, haciendo malas obras", hemos recibido la reconciliación. Ha desaparecido la enemistad. Estamos en paz con Dios y nos gozamos en El porque ha llegado a ser nuestra porción sempiterna.
Este es el fin glorioso al cual el Espíritu Santo nos conduce por el momento. Nuestra salvación está del todo completa. Nuestros pecados ya no existen. Somos justificados gratuitamente por su gracia. Tenemos paz con Dios y anticipamos con gozo la certidumbre de una eternidad de gozo con Aquel que nos redimió.
Los otros tres "mucho más" ocurren en la próxima sección, en la que se examina a fondo el temario de las dos primacías. Ya las trataremos cuando lleguemos a ellas.
El
Evangelio en relación con el pecado que mora en nosotros
Capítulos 5:12 al
7:25
La tercera parte o subdivisión de esta gran sección doctrinal de la epístola a los Romanos abarca la porción desde el versículo 12 del capítulo 5 hasta el fin del capítulo 8. Debido a su importancia y su gran campo de acción, será necesario dividirla en dos exposiciones. Por consiguiente nos ocuparemos primeramente de la parte que termina con el capítulo 7. En la segunda mitad del capítulo 5 vimos la cuestión de las dos cabezas: Adán y Cristo. En el capítulo 6 encontramos dos amos: la personificación DEL PECADO y DIOS revelado en Jesús. En el capítulo 7 vamos a considerar a dos Esposos: la Ley y Cristo resucitado.
Cuando el pecador despierta y se da cuenta de su situación espiritual, se siente perseguido por una preocupación: cómo librarse del juicio que merecen justamente sus pecados. Este aspecto de la salvación ha sido examinado y solucionado en la porción que acabamos de estudiar. Nunca vuelve a presentarse. Al introducirnos en esta parte de la epístola será bueno que recordemos que no aparece el problema de la culpabilidad. En el momento que el pecador acepta el evangelio, queda descartada para siempre su responsabilidad como hijo de Adán frente al juicio de Dios. Pero también comienza en ese momento su responsabilidad como hijo de Dios. Ahora tiene una naturaleza nueva que aspira a lo divino.
Pero muy pronto descubre que su naturaleza carnal no ha sido removida ni mejorada por el hecho de su conversión a Dios, y tal situación engendra experiencias penosas. A veces se presentan en la forma de una gran sacudida cuando se da cuenta que su naturaleza es capaz todavía de cometer toda suerte de vilezas. El pecador se horroriza y puede sentirse tentado a poner en duda la realidad de su regeneración y justificación delante de Dios. ¿Cómo puede tener comunión el Santo Dios con una persona que posee semejante naturaleza? Si trata de luchar contra el pecado que está en su carne, es probable que sea derrotado y aprenda por amarga experiencia lo que Felipe Melancton, amigo de Martín Lutero, expresa en forma tersa: "El viejo Adán es demasiado fuerte para el joven Felipe".
Será bienaventurado el nuevo convertido que se coloca bajo una sana instrucción escritural y no se deja llevar por charlatanes espirituales que pretenden eliminar la naturaleza carnal y matar la mente caída. Si sigue los consejos de esta gente se encontrará en el pantano de la incertidumbre y deslumbrado por las fantasías engañosas de la posibilidad de la perfección humana, y estará por años en las ciénagas del fanatismo antes de llegar al descanso que existe para el pueblo de Dios. En una pequeña obra titulada Santidad: la Falsa y la Verdadera, he tratado de describir mi propia experiencia sobre el particular, y me alegra saber que ha servido para librar a muchos miles de almas de semejante confusionismo. Ahora consideraremos esa verdad que me salvó finalmente de la miseria y desilusión de mis primeros años en la vida cristiana.
Al tratar estos capítulos no deseo antagonizar con nadie. Mi propósito es ofrecer constructivamente el camino de verdad que abre bendiciones al alma.
En primer lugar trataremos las dos grandes familias y las dos cabezas federales que aparecen en el capítulo 5:12-21.
En el momento que el pecador es justificado por medio de la fe, nace también de Dios. Su justificación es, como ya vimos, la liberación oficial delante del trono de Dios, y su regeneración incluye la introducción a una nueva familia. Llega a ser parte de la Nueva Creación de la cual el Cristo resucitado es la Cabeza. El primer Adán fue la cabeza federal de la vieja creación. El Cristo resucitado, el Segundo Hombre y el Ultimo Adán, es la cabeza de la nueva raza. La antigua creación cayó en Adán, y todos los descendientes quedaron comprometidos en su ruina. La nueva creación permanece eternamente segura en Cristo, y todos cuantos reciben vida de El participan de las bendiciones procuradas por Su cruz y que se hallan garantizadas por la vida que. El vive a la diestra de Dios.
La comprensión de esta posición soluciona el problema de la seguridad del creyente y proporciona base escrituraria a la doctrina de la liberación del poder del pecado.
Se observará que el asunto que comienza en el versículo 12, termina en los 18 al 21. El pasaje que comprende los versículos 13 al 17 constituye un paréntesis o explicativo, de modo que será mejor examinarlo primeramente. El pecado dominó al hombre en el mundo desde la caída de Adán, aun antes que la ley fuese dada por Moisés, pero entonces el pecado no tuvo todavía el carácter distintivo de transgresión hasta que le fue dado al hombre un código legal que después violó conscientemente. Quiere decir, entonces, que aparte de la ley el pecado no fue imputado. Con todo, es evidente que estaba allí y que hubo que tomarlo en cuenta porque "por el pecado vino la muerte" y la muerte reinó como monarca despótico sobre todos los hombres desde Adán hasta Moisés, salvo en el caso en que Dios intervino con Enoc, quien fue trasladado para que no gustara la muerte. Aun en los casos en que no hubo pecado voluntario, como en el caso de infantes e irresponsables, reinó la muerte, demostrando así que ellos formaban parte de la raza que federalmente se vio envuelta en el pecado de Adán y que poseyó la naturaleza caída de Adán. El que fue creado originariamente a la imagen y semejanza de Dios, borró aquella imagen con el pecado y perdió la semejanza divina, y es así que leemos que Adán "engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen" (Génesis 5: 3). Esta es la característica de toda la raza de la cual él es la cabeza. "En Adán todos mueren."
Los teólogos pueden disputar sobre el significado exacto de todo cuanto hemos expuesto y los racionalistas negarse rotundamente a aceptarlo, pero los hechos permanecen. "Porque está establecido para los hombres que mueran una vez" y aparte de la intervención divina en el asunto, cada cual puede decir muy bien lo que dijo un poeta:
"Yo tengo una cita con la muerte,
Y no faltaré a ella."
En el cementerio de San Andrés de Escocia halla el epitafio siguiente grabado en la tumba donde descansan los cuerpos de cuatro niñitos:
"¡Tú, incredulidad insigne, palidece y muere!
Debajo de esta lápida cuatro infantes duermen.
Dinos, ¿se encuentran salvos o perdidos?
Si la muerte es por pecado, pecaron ellos Porque están aquí.
Si el cielo por buenas obras se consigue, Entonces allá no pueden estar.
¡Oh Razón! ¡Cuán depravada eres!
¡Vuélvete a las páginas de la Sagrada Biblia
Y allí encontrarás el nudo desatado!
¡Ellos murieron porque Adán pecó,
Pero viven, porque Jesús murió!”
Para el problema del sufrimiento de los niños no existe otra solución que la caída de la raza en Adán.
Pero Adán fue una figura, un antitipo de Quien vendría — sí, de Quien vino y tomó sobre sí mismo la responsabilidad de deshacer los efectos de la caída en todos aquellos que, creyendo en El, se constituyen en recibidores de su vida resucitada, y con ella está unida una justicia perfecta que es eterna en su duración y divina en su origen. Con todo, existe una diferencia en cuanto a la ofensa y al don. La ofensa de Adán arrastró a toda la raza como consecuencia de su caída. Cristo, habiendo satisfecho la justicia divina, por medio de la gracia ofrece el don de vida a todos cuantos creen, y de este modo alcanza a muchos. Conviene tomar nota que en el versículo 15 nos encontramos con el tercer "mucho más".
Debe observarse de que no se trata solamente de que cómo uno haya pecado, así debe ser el don; porque ese pecado aparejó la condenación universal y puso a toda la raza bajo juicio. Pero la recepción del don de vida y justicia mediante la fe, coloca a quien lo acepta en la posición de justificación de todo su pasado, a pesar del número de ofensas que haya cometido. La muerte reina debido a una ofensa. Pero se nos dice que ahora "mucho más" aquellos que reciben esta abundancia de gracia y el don gratuito de la justificación, reinan triunfantes sobre la muerte mediante la vida de Cristo Jesús, el que triunfó sobre la muerte y declara: "Porque yo vivo, vosotros también viviréis".
Tal es la esencia del paréntesis. Volvamos al versículo 12, unámoslo a los 18 al 21 al tiempo que retenemos en la mente todo lo que acabamos de exponer. El pecado penetró al mundo por un hombre y la muerte por el pecado, de modo que la muerte pasó a todos los hombres por cuanto todos pecaron, puesto que todos formaban parte de los lomos de Adán cuando cayó y toda la raza se halla envuelta en la defección de la cabeza.
Examinemos el versículo 18 que comienza diciendo: "Así que, como por la transgresión de uno" se produjo la condenación universal, así también se obtuvo un acto de justicia para todos por medio de lacruz: el de justificación de vida. O sea dicho en otras palabras: que a todos los que están comprometidos en las consecuencias del pecado de Adán, se les ofrece una vida como don gratuito, la vida eterna manifestada en el Hijo de Dios que estuvo apresado una vez por las garras de la muerte. bajo sentencia de condenación, pero que ahora, como Cabeza de una raza nueva, imparte su propia vida resucitada, vida que jamás puede ser manchada por ninguna imputación de pecado, que es la que se ofrece a toda la humanidad perdida, de modo que todos cuantos la aceptan participan de una vida que jamás puede ser afectada por el pecado. Esta es la nueva creación de la cual habla tan extensamente el apóstol Pablo en 2 Corintios 5 y en 1 Corintios 15 cuando dice: "Si alguno está en Cristo, nueva criatura es". Y es una nueva creación, porque "todo esto proviene de Dios", "las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas". Por eso tiene tanta fuerza la frase que dice: "Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados". No se trata de una salvación universal, ni de que El resucitará meramente a todos los muertos, sino que dos razas, dos creaciones, dos primacías aparecen en contraste. Cristo es el principio, es el origen, la Cabeza federal de la creación de Dios (Apocalipsis 3:14). Porque habiendo pasado por la experiencia de la muerte, ahora está sentado a la diestra de Dios como el Hombre resucitado, y es la fuente de vida pura y santa, de la vida inmaculada que imparte a todos los que creen. Esta es la razón por qué nos hallamos en la presencia de Dios justificados por su vida.
Por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores; "mucho más", por un acto glorioso de obediencia hasta la muerte realizado por El, quien es actualmente la nueva Cabeza, los muchos son constituidos justos.
La aparición de la ley acrecentó la gravedad de la ofensa. Dio al pecado el carácter específico de transgresión; "mas cuando el pecado abundó" (hubo alcanzado la altura máxima de la inundación, por decirlo así), "sobreabundó la gracia", vale decir, la gracia abundó mucho más. Así como el pecado reinó como monarca despótico a través de largos siglos anteriores a la crucifixión y para muerte de todos sus súbditos, la gracia se halla entronizada ahora y reina para cumplir el cometido de la justicia a vida eterna por medio de Jesucristo, nuestro Señor.
¡Qué evangelio! ¡Qué plan! Es perfecto. Es divino. ¡Es como Dios mismo! ¡De qué modo glorioso extraen estos cinco "mucho más" las maravillas de la gracia divina!
A la luz de todo lo dicho, no hemos de extrañarnos que el apóstol ponga en labios del lector la pregunta: "¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?", al reconocer la tendencia innata del corazón humano a transformar la gracia de Dios en lascivia. El capítulo 6 contesta esta cavilación en forma admirable.
"¡Lejos esté tal pensamiento!" —exclama indignado. "Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?" ¿En qué sentido hemos muerto al pecado? Si estuviéramos muertos verdaderamente al pecado no nos preocuparíamos ni con el problema ni con la respuesta. Lo que nos deja perplejos es el hecho de que mientras aborrecemos el pecado sentimos que dentro de nosotros existe la tendencia a ceder ante él. Pero se nos dice que hemos muerto al pecado. ¿Cómo y dónde? El versículo que sigue ofrece la respuesta.
El hecho mismo de que nuestra unión con Adán, en su carácter de cabeza federal, fue quebrada por nuestra asociación con la muerte de Cristo, indica que tenemos el derecho a considerarnos haber muerto en su propia muerte a la autoridad despótica del pecado. Israel fue redimido del juicio mediante la sangre del cordero. Esto corresponde al primer aspecto de la salvación. Al pasar por el Mar Rojo los israelitas murieron para Faraón y los capataces' Esto ilustra el aspecto que estamos considerando en este momento. El pecado no ha de tener ya más dominio sobre nosotros; le servimos en el pasado. La muerte es quien ha cambiado todo eso Nuestra condición de servidumbre terminó. Ahora estamos unidos a Cristo resucitado y hemos sido conducidos a Dios.
La ordenanza iniciante del cristianismo habla de esto. "¿No sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?" Israel fue "bautizado en Moisés en la nube y en el mar". Pasaron figuradamente por la muerte y Moisés fue su nuevo caudillo. 51 dominio de Faraón había terminado eh lo que a ellos concernía (1 Corintios 10). Del Mismo modo los que estamos salvos somos bautizados en la muerte de Cristo. Aceptamos su muerte como nuestra, Porque sabemos que murió en lugar nuestro. Somos bautizados en El como nuestro nuevo Caudillo.
¿Se trata aquí del bautismo del Espíritu santo? Me parece que no. El Espíritu santo jamás bautiza a muerte sino a un Cuerpo nuevo Es nuestra confirmación en el cuerpo del Cristo místico. Nuestro bautismo en agua es un bautismo a la muerte de Cristo.
Pero el apóstol va más lejos, Porque dice: proque somos sepultados juntamente con El para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre así también nosotros andemos en vida nueva., (versículo 4). En mi bautismo confieso que he muerto a la vida del viejo hombre en Adán, bajo el dominio del pecado. He. terminado con eso, y pido se me dé la oportunidad de demostrar la realidad del hecho, viviendo la vida de un hombre resucitado, de un hombre unido con Cristo al otro lado de la muerte. Así es como ando en vida nueva y queda descartada toda idea de continuar viviendo en el pecado y toda sombra de antinomianismo. Mi nueva vida es la respuesta que doy a la confesión hecha en mi bautismo.
Tengo que realizar de un modo práctico mi identificación con Cristo. He sido plantado conjuntamente con Cristo en la similitud de su muerte, esto es, en el bautismo, y seré uno también con El en la similitud de su resurrección. No vivo bajo el dominio del pecado. Vivo para Dios así como El que es mi nueva Cabeza.
Y el apóstol continúa diciendo lógicamente: "Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con El, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado" (versículos 6 y 7).
Pero mi hombre viejo no es solamente mi vieja naturaleza. Es, más bien, todo cuanto yo era como hombre carnal, el hombre inconverso con todos sus hábitos y deseos. Ese hombre fue crucificado con Cristo. Cuando Jesús murió, yo como hombre carnal también morí. Dios me vio en la cruz junto con su bendito Hijo.
¿Cuántas personas fueron crucificadas en el Calvario? Allí estaban dos ladrones, allí estuvo Cristo mismo. ¡Tres en total! Pero ¿fueron todos? Pablo dice en Gálatas 2: 20: "Con Cristo estoy juntamente crucificado". Quiere decir que Pablo estuvo allí también, de modo que ya son cuatro. Y cada creyente puede decir, "Nuestro viejo hombre fue crucificado con él". Todo esto significa que Dios contempló a millones incontables colgados de la cruz con Cristo. Y eso no es solamente que se estaba tratando el problema de nuestros pecados sino que nosotros mismos, como pecadores, como hijos de la raza caída de Adán, estábamos en juego, para que pudiéramos ser removidos de delante de la vista de Dios y terminara para siempre nuestra condición de perdidos.
Pero nosotros, los que fuimos crucificados con El, vivimos ahora con El. El apóstol continúa en Gálatas 2: 20: "Y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne —esto es, en mi cuerpo actual—, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí". Es lo que sucede aquí. Del mismo modo que el cuerpo de Faraón y todo el poderío de Egipto quedaron anulados, en lo que a los israelitas concierne, del mismo modo sucede con el cuerpo de pecado. El pecado no es mi amo ahora. En Cristo vivo para con Dios. Ya no soy esclavo del pecado. Estoy justamente libre (justificado) de la autoridad del pecado.
En seguida el autor de la epístola muestra el efecto práctico de toda esta verdad preciosa. Hemos muerto con Cristo. Tenemos fe, es decir, sabemos que hemos de vivir con El. Entonces, cuando estemos en el cielo, el pecado no tendrá dominio sobre nosotros. Ni tampoco deberíamos reconocer su autoridad aquí en la tierra, cediendo al pecado. Sabemos que el
Cristo resucitado no puede volver a morir jamás. La autoridad de la muerte ha quedado totalmente abolida, y eso que el pecado engendró a la muerte. "Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todos", al pecado como nuestro viejo amo (no como el suyo, pues nunca estuvo el yugo sobre El que siempre estuvo totalmente libre de pecado), y ahora resucitado vive solamente para Dios. Y nosotros somos uno con El, por consiguiente nosotros también hemos de vivir para Dios solamente. Esto comprende naturalmente la liberación efectiva del poder o autoridad del pecado.
Es indudable que jamás estuvo en la mente de Dios que su pueblo redimido por la sangre de su Hijo permaneciera bajo el poder de la naturaleza carnal, incapaz de caminar en la libertad de hombres libres en Cristo. Pero la liberación efectiva no se alcanza luchando con el viejo amo, es decir, el PECADO en la carne, sino por el reconocimiento diario de la verdad que acabamos de exponer.
Y así se nos dice que creamos que es cierto lo que Dios considera verídico, que hemos muerto con Cristo a todos los ofrecimientos del Faraón Pecado, y que ahora nos encontramos libres para caminar en novedad de vida como quienes han resucitado con Cristo. "Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro" (versículo 11). Esta palabra considerar es uno de los términos clave del capítulo y quiere decir literalmente "contar como seguro". Dios dice que yo morí con Cristo. Yo lo cuento como seguro. Dios dice que vivo en El y debo considerarlo domo seguro. Luego, mientras la fe cuenta todo esto seguro, encuentro que el reclamo del pecado está anulado. No existe otro método de liberación que el que comienza con esta consideración. Nuestra razón puede argumentar y decir, "¡Pero tú no sientes que estás muerto!" Pero, ¿qué tienen que ver los sentimientos en el asunto? Se trata de un hecho judicial. La muerte de Cristo es mía. Por consiguiente, considero que he muerto al dominio del pecado.
El versículo que sigue continúa la secuencia lógica, porque dice: "No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias". Siento que surge dentro de mí un deseo que exige que me rinda ante un impulso pecaminoso. Pero si estoy en guardia, de inmediato digo: "No. He muerto para eso. Ya no domina mi voluntad. Pertenezco a Cristo. Yo vivo para El". Mientras la fe esté afirmada en esta posición, el dominio del pecado está roto.
Pero sí demanda continua vigilancia y el reconocimiento constante de mi unión con Cristo. Como en tiempos pasados tuve el hábito de entregar mis miembros físicos como instrumentos de maldad, dominados por el pecado, ahora me entrego definitivamente y sin reservas de ninguna clase a Dios, como de uno que está vivo porque he salido de esa muerte ala cual fui con Cristo. Y como consecuencia natural, todos mis miembros físicos son suyos para que los emplee como instrumentos de justicia para la gloria de Dios, cuya gracia me salvó. El vocablo que encontramos traducido por "instrumentos" en realidad de verdad significa "armas" o "armadura", tal como aparece en 2 Corintios 6: 7 y 10: 4. Mis talentos, mis miembros físicos y todos mis poderes y capacidades los uso ahora en el conflicto como armas que están al servicio de Dios. Soy su soldado y estoy sin reserva alguna a su disposición.
Como no soy salvo por ningún principio legal, sino por pura gracia solamente, el pecado ya no tiene dominio sobre mi vida. Cristo resucitado es el Capitán de mi salvación, cuyas órdenes gobiernan todas mis actividades.
La naturaleza puede razonar en contrario y decir que, puesto que me hallo bajo la gracia y no bajo la ley, poco importa cómo vivo y que, por tanto, me hallo libre para pecar desde que mis obras nada tienen que ver con mi salvación. Pero hombre regenerado que soy, no quiero tener libertad para pecar. Quiero tener poder para vivir en santidad. Si me rindo habitualmente al pecado para obedecer voluntariamente sus requerimientos, demuestro que soy todavía siervo del pecado y que el final de tal clase de servicio es la muerte. Pero como hombre regenerado deseo obedecer a Quien pertenezco ahora y a Quien sirvo. Por eso dice el apóstol: "Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado —esto es, por el acto judicial que. Dios consumó en la cruz—, vinisteis a ser siervos de la justicia" (versículos 17 y 18).
Pablo habla figuradamente e ilustra el tema personificando EL PECADO y LA JUSTICIA para que nuestra mente humana pueda comprender; y repite la exhortación, o más bien repite como mandamiento lo que antes asentó como doctrina: "Así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad —durante la vida vieja, antes de estar identificados con Cristo, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia" (versículo 19). Cuando éramos esclavos del pecado, no reconocíamos a la justicia como nuestro amo, y al pensarlo agachamos la cabeza avergonzados, recordando el fruto de esa relación pecaminosa que habría resultado en la muerte, igualmente física y espiritual.
Por consiguiente, ahora que hemos sido liberados judicialmente del dominio del pecado y somos siervos de Dios, nuestra vida debe abundar en frutos de santidad cuyo fin es la vida eterna. Poseemos actualmente la vida eterna, pero en este pasaje es el fin que se vislumbra, cuando estemos con Cristo en el hogar celestial.
El escritor sagrado concluye esta sección con una afirmación preciosa, aunque solemne: "Porque la paga del pecado es muerte, mas la d